Muchas de las fotos de este blog son de Ramiro Sisco con la comunidad Pilagá, en Las Lomitas, provincia de Formosa, Argentina.

martes, 25 de junio de 2013

SERGIO MASSA: «VILLA GARROTE NO EXISTE»








En Tigre, en medio de la abundancia neoliberal hay un grano de pus, la pobreza extrema duele como un Garrote.

Villa Garrote, o Villa La Garrote, o Barrio Almirante Brown, como le dicen, se encuentra en la ciudad de Tigre, la que gobierna el supermediático intendente Sergio Massa, entre las calles Italia, Almirante Brown, el río Tigre y el canal fluvial.

El partido de Tigre es el mismo donde uno podría pensar que se encuentra en Miami, debido a emprendimientos inmobiliarios como «Venice» LA VENECIA TRUCHA EN EL TIGRE, o enormes islas artificiales que se roban parte del río,  unas 24 hectáreas pensadas como una ciudad flotante sobre el Delta, entre los arroyos Pacífico y San Antonio, llamado COLONY PARK.

Villa Garrote es la villa donde se rodó "El Puntero". Allí, viven más de 4 mil personas.

El   25/06/2012, Ramón Indart publicó:

 Y hace meses que sólo se habla de una cosa: los parásitos. De golpe los chicos empezaron a sentirse incómodos. Y los padres comenzaron a ver las razones. Parásitos "del tamaño de lombrices gigantes" en los pañales. Los niños los despedían por la boca y por la cola.


Sobre la basura. Cuando uno entra a Garrote lo primero que le recuerdan es que ahí se filmaron varias escenas de la serie de Canal 13 "El Puntero", que ganó el Martín Fierro de oro. Está a metros de un canal muy contaminado. Del otro lado, el partido de San Fernando.

Las condiciones de vida son deplorables: la basura está por todos lados, la red de agua es precaria y las cloacas fueron improvisadas por los vecinos. Estas condiciones hacen que villa Garrote sea un lugar propicio para los parásitos...


Mientras, el intendente Sergio Massa está muy ocupado haciendo campaña...









miércoles, 19 de junio de 2013

UNOS POCOS O TODO EL PUEBLO







Para superar los efectos sociales dramáticos provocados por el Crack del ’29, Franklin Delano Roosevelt lanzó el New Deal (el Nuevo Pacto), un programa de reconstrucción nacional que incluyó la creación de decenas de nuevos organismos públicos, un formidable incremento del gasto social y una inédita defensa de la intervención y regulación estatal en la economía, desconocidos hasta entonces por los estadounidenses.

El ambicioso plan, basado en la generación de redes de seguridad social, una nueva mirada sobre la propiedad privada y el fomento expreso del mercado interno para reactivar un país devastado, rompió con el consenso político previo de la sociedad, cuestionó las bases mismas de la religión laica (el individualismo) que la animaba hasta la catástrofe y condenó abiertamente al filantropismo (única idea empresaria para enfrentar la pobreza) como insuficiente para rescatar a los condenados a la miseria y la desocupación.

Roosevelt se convirtió así en el líder de la reconstrucción material y moral de los Estados Unidos. Fue presidente desde 1933 hasta 1945. Obtuvo cuatro reelecciones. Hay una frase, con la que animaba a sus compatriotas todas las noches en interminables alocuciones radiales, que se hizo famosa, "lo único que debemos temer es al temor mismo", y otra que lo pinta de cuerpo entero: "En la vida hay algo peor que el fracaso: el no haber intentado nada".

Fue amado por su pueblo y odiado por las corporaciones. Su más implacable enemigo, sin embargo, no fue la polio, que lo dejó postrado siendo joven, sino la Corte Suprema de Justicia, que atacó todas y cada una de las reformas basadas en un centenar de leyes que desafiaban el viejo orden legal vigente. Fue la pelea entre el viejo orden y el nuevo. El viejo, había llevado al país al callejón sin salida del desastre y la depresión. El nuevo, el de Roosevelt y el New Deal, puso a los Estados Unidos a liderar el mundo en apenas dos décadas, nos guste más o menos lo que luego hizo Estados Unidos con ese liderazgo.

El fallo de la Corte Suprema de ayer, que sepultó la elección popular de consejeros a la Magistratura, tiene tanto de corporativo como de cortoplacista. Es probable que tenga un efecto búmeran para sus integrantes, que son sin duda gente inteligente pero no por eso infalibles. Puestos a elegir, decidieron la peor salida. El kirchnerismo sale beneficiado porque logró que la Corte se muestre como garante de un viejo orden legal, surgido en lo peor del neoliberalismo que explotó por los aires en 2001, que no da respuestas a la sociedad en este tiempo histórico que le toca vivir, después de una crisis monumental. Los discursos republicanistas, la independencia de poderes cacareada, la idea del contrapoder del Ejecutivo como todo propósito de la judicatura, ponen a los supremos lejos, muy lejos de los problemas y los enfados de la gente común con un sistema de justicia anacrónico; y muy cerca, desgraciadamente, de los poderes fácticos que se expresan con verba redencionista a través de sus propios diarios.

Si había alguna duda, los supremos presididos por el abogado de Rafaela y eterno reelecto hasta el 2030 Ricardo Lorenzetti, ayer la disiparon por completo: los jueces no pueden democratizar la justicia, porque piensan de un modo aristocrático y se perdieron una década de cambios irreversibles en la sociedad argentina. No quieren que el voto popular recorte ninguno de sus privilegios. Pasará a la historia el fallo, pero no por lo que ellos presuponen: pasará a la historia como la respuesta de una corporación desesperada al intento de un gobierno elegido en las urnas de hacerles pagar el impuesto a las ganancias, a que publiquen sus DD JJ en Internet, a que hagan públicos sus fallos, a que admitan que la Argentina cambió y no tolera castas ni familias que se crean por encima del conjunto social.

Una pena: se esperaba de esta Corte, la que impulsó Néstor Kirchner, mucho más que esto. En breve se sabrá si la decisión tomada en tiempo récord, festejada por algunos jueces y abogados que añoran la toga, es el primer paso a un escenario de gravedad institucional con pronóstico reservado o es sólo un traspié. Estos mismos jueces son los que decidirán en horas sobre la constitucionalidad de la Ley de Medios, donde todo el sistema de justicia le ha dado casi 4 años al Grupo Clarín S.A. para que se burle del gobierno democrático y sus leyes con artilugios e interpretaciones que rozan lo ridículo, cuando no lo desfachatado.

¿Cómo solucionó Roosevelt su problema con la Corte? Dijo que iba a ampliar su número y ganó las elecciones en 1936. No hizo falta ninguna reforma extra. De golpe, la mayoría de cinco miembros que votaban contra el New Deal pasaron a votar a favor. Claro, eran jueces que querían interpretar el cambio de época sin espíritu corporativo. Roosevelt tuvo suerte. A Cristina le cuesta un poco más. Como casi siempre sucede con las mujeres. Pero da la impresión de que no la conocen o no terminan de conocerla. Ese es el Talón de Aquiles del fallo cortesano.







sábado, 15 de junio de 2013

LOS HIJOS DE LA CONTRAOFENSIVA






Analía Argento sale un minuto del comedor de su casa y vuelve con un cuenco de vidrio. Adentro hay caracoles y fragmentos de coral. "Son de la playa Santa María", cuenta. "Los traje de Cuba". Hasta allí viajó la periodista para terminar de dar forma a una historia de la que hasta ahora no se habló: la de unos cincuenta hijos de militantes montoneros que permanecieron en una casa común en La Habana en distintos momentos, entre 1979 y 1982. Ocurrió mientras la organización, desde el exilio, decidía la Contraofensiva. Entre las actividades recreativas de los chicos estaban las visitas a Santa María. De allí, la importancia de esos caracoles para Argento. Un souvenir demasiado humilde, considera, que no sabe si entregar o no a quienes hablaron con ella para su nuevo libro y mucho antes pisaron esa playa algo rocosa mientras esperaban la vuelta de sus padres. La guardería montonera (la vida en Cuba de los hijos de la Contraofensiva) –con edición de Marea– es una investigación impecable que reconstruye, desde la mirada de sus protagonistas, los días en "la isla del Triangulito", como estos chicos nombraban a Cuba, acostumbrados a inventar nombres ficticios para preservar los reales, los que podían ponerlos en peligro.

–¿Cómo surgió este libro?

–Es hermano de De vuelta a casa, mi investigación anterior sobre diez hijos y nietos restituidos. Cuando trabajaba en esa historia, encontré unos hermanitos que habían estado secuestrados en la ESMA, Marcelo y María de las Victorias Ruiz Dameri. Reconstruyendo su historia, me entero de que antes habían estado varios meses en la guardería de Montoneros. ¿Qué es esto de la guardería?, me preguntaba yo. Y sólo encontré un capítulo al respecto en el libro de Cristina Zucker, El tren de la victoria. También fui a ver a Roberto Perdía. Cuando menciono a los dos Ruiz Dameri, él me dijo que quien más podía hablar era su hija Amor, que había estado con ellos en la guardería. Así que Amor fue una de las puertas de entrada a este libro, al igual que Edgardo Binstock, el responsable político de la primera guardería. Lo que decidí fue contar las historias humanas. Con el contexto histórico necesario pero valorizando sobre todo las voces de quienes estuvieron en las guarderías.

–En el libro comentás que en verdad, las guarderías fueron dos.

–Sí, la guardería tuvo dos casas; la primera en Siboney, la segunda en las afueras de La Habana, en Miramar, que estaba también cerca de la oficina de Montoneros y de las escuelas donde se movían los chicos. La primera fue en 1979 y la segunda en 1980, que se prolongó hasta 1982. Algunos chicos estuvieron en las dos casas pero otros no. En cada guardería hubo cuatro adultos como responsables fijos. Los primeros en llegar a La Habana fueron Héctor Dragoevich y Cristina Pfluger, que venían desde España con 12 chicos. Después llega un grupo desde México con Binstock y Mónica Pinus a cargo. En la segunda casa fueron responsables Susana Brardinelli y Estela Cereseto, y llegaron después Hugo Fucek y Nora Patrich.

–¿Por qué eligieron Cuba?

–Porque la cúpula de Montoneros se instaló ahí, luego de advertir que no estaban seguros ni en México ni en Europa porque la dictadura le seguía los pasos. Más allá de que Cuba nunca rompió relaciones con la dictadura –los militares le vendían cereal a Rusia– el gobierno de Fidel colaboraba con movimientos revolucionarios de distintos lugares de América Latina y entonces apoyaban a grupos como Montoneros. Por ser un gobierno de la Revolución y por ser una isla, el acceso era más restringido y también, más seguro. La guardería es la única con sus características que funcionó en el marco de la lucha armada en América Latina.

–¿Por qué la dirigencia montonera decidió abrirla?

–Cuando en 1978 toma forma la idea de la Contraofensiva –una decisión difícil, que provocó una escisión profunda al interior de la organización–, se evaluó qué hacer con los chicos. Ya había información de que en Argentina se secuestraba a mujeres embarazadas y a niños, que había tortura y que se podía utilizar a los chicos como rehenes. Si se perdía el control sobre dónde estaban y con quién, se ponía en riesgo a niños y adultos. Por eso se decidió que no quedasen con amigos o familiares. A esto se suma la importancia del concepto de "compañeros". El compañero era familia, era hermano, los chicos les decían "tíos" a quienes los cuidaban. Porque de hecho lo sentían así. Entonces se decidió que los chicos siguieran creciendo con determinados acuerdos ideológicos y que estuvieran al resguardo de las acciones que emprendían sus padres. La idea era dejarlos un tiempo en la guardería, volver a Argentina, y luego regresar por ellos. Estaba el riesgo de vida, obviamente, pero siempre la idea era volver a buscar a los chicos.

–¿Cómo recuerdan la guardería quienes pasaron por ella?

–Para muchos, era una cosa casi secreta como parte de la militancia también secreta de sus padres. Tené en cuenta que a pesar del amparo de la Revolución estaban semiclandestinos porque, por ejemplo, había un embajador argentino en la isla afín a la dictadura. Un denominador común era que muchos chicos se habían acostumbrado a vivir en la clandestinidad. Eso implicaba cambiar de casas, ir y abandonar escuelas, etcétera. En Cuba tenían todo más ordenado: un lugar, amigos, juegos, el cuidado de los tíos. Se celebraban los cumpleaños una vez por mes. Salían de paseo. Iban a escuelas donde les enseñaban lo mismo de lo que les hablaban sus papás. Y podían usar su nombre real aunque en muchos casos tuvieran el apellido cambiado. Podían hablar de sus padres con menos miedo. Por eso cuidan esos recuerdos, a veces difusos porque muchos eran muy chiquitos, como si los llevaran adentro de una cajita de cristal.

–El libro incluye un archivo fotográfico muy interesante.

–Esas fotos son las que cada uno me quiso dar. Muchas se destruyeron cuando llegaban a Argentina, por una cuestión de cuidado. Daniel Sverko era fotógrafo oficial de Montoneros en Cuba, donde había un gran archivo fotográfico y de información que se perdió en una inundación.

–¿Qué sucede en el presente?

–Muchos chicos que pasaron por la guardería siguen siendo grandes amigos, casi hermanos. Algunos regresaron a Cuba para estudiar o porque tienen un especial agradecimiento por la sociedad cubana. Aquí tienen militancia política o en organizaciones sociales. En la mayoría de los casos, no reniegan de las convicciones de sus padres, más allá de las contradicciones y los dolores. Sí cuestionan algunas decisiones puertas adentro, pero siempre defienden la memoria y la lucha de sus padres. Y otra cosa: no se separan de sus hijos, los llevan siempre con ellos.










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