Muchas de las fotos de este blog son de Ramiro Sisco con la comunidad Pilagá, en Las Lomitas, provincia de Formosa, Argentina.

martes, 7 de mayo de 2019

EVITA, 100 AÑOS DESPUÉS




    “Nunca pude pensar en la injusticia sin indignarme, y pensar en ella me produce siempre una rara sensación de asfixia, como si no pudiendo remediar el mal que yo veía, me faltase el aire necesario para respirar. Ahora pienso que la gente se acostumbra a la injusticia social en los primeros años de su vida. Hasta los pobres creen que la miseria que padecen es natural y lógica. Se acostumbran a verla como si fuese posible acostumbrarse a un veneno poderoso. Yo no pude acostumbrarme al veneno. Esto es tal vez lo único inexplicable de mi vida”, dice Evita, con sus palabras sencillas, en La razón de mi vida...


Detrás de la santa y de la puta
Sergio Wischñevsky

Nunca ocupó un puesto dentro del Estado, jamás tuvo un cargo electivo. Los millones de argentinos que la amaban no tuvieron la oportunidad de votarla. Se cumplen cien años del nacimiento de una mujer con categoría de mito. Sin duda podría y debería ser estudiada más allá de las pasiones, pero despojada de ellas, pierde gran parte de su encanto y de su verdadera trascendencia histórica. Sin ese halo, sin ese soplo de vida, una biografía de Evita no es un análisis, es una autopsia.

“Nadie sino el pueblo me llama Evita. Solamente aprendieron a llamarme así los descamisados. Los hombres de gobierno, los dirigentes políticos, los embajadores, los hombres de empresa, profesionales, intelectuales, etc., que me visitan suelen llamarme señora; y algunos incluso me dicen públicamente Excelentísima o Dignísima Señora y aun a veces, Señora Presidenta. Cuando un pibe me nombra Evita me siento madre de todos los pibes y de todos los débiles y humildes de mi tierra”. Escribió en 1951 en su libro testimonio: La razón de mi vida.

María Eva Duarte de Perón, Evita, hacía sus discursos sin leer, entendió que lo contrario del orden no es el caos, sino un nuevo orden, y eso fue lo que corporizó, un nuevo orden justicialista que no comulgó con la beneficencia, no creyó en la lástima y levantó en las siluetas plebeyas el orgullo de la Justicia Social.

Su vida tiene todos los condimentos de un relato que parece sacado de la mitología griega. El nacimiento en los Toldos el 7 de mayo de 1919. Hija de Juan Duarte y Juana Ibarguren. El padre, rico estanciero y político conservador de Chivilcoy, participó en las maniobras gubernamentales de expropiación de tierras a los mapuches. Los Toldos era una toldería mapuche. Juana, su madre, era una mujer humilde, resignada a un lugar secundario frente al poderío del patrón que mantenía dos familias: la legal y la de Eva.

Vivió en el campo hasta 1926, fecha en la que el padre falleció y la familia quedó desheredada y completamente desprotegida debiendo abandonar la estancia en la que vivían. La imagen de su madre, con ella aún muy niña y sus hermanos, llegando al funeral de donde fueron expulsados con desdén es de un dramatismo conmovedor un cuadro excepcional de aquella Argentina.

La segunda parte de esta historia arranca en 1935 cuando Evita, con 15 años, viajó a Buenos Aires. Ahí se desarrolla su lucha por ser actriz, se codea con la farándula, se esfuerza “por ser alguien en la vida”, son épocas duras, la crisis social y económica que empezó en 1930 generó una gran masa humana de migración interna con una dirección única: desde las provincias hacia la gran ciudad en busca de oportunidades. Consiguió trabajo en la Radio interpretando a Mujeres de la historia. Adquirió un muy rico e inusual vocabulario, ese que dejó frases imborrables en la memoria popular. Aparece en revistas, participa en compañías teatrales, hace su incursión en el cine. El domingo 26 de julio de 1936, en el diario La Capital de Rosario apareció la primera foto pública que se le conoce con el siguiente epígrafe: “Eva Duarte, joven actriz que ha logrado destacarse en el transcurso de la temporada que hoy termina en el Odeón”. Y asomó otra veta: fue una de las fundadoras de la Asociación Radial Argentina (ARA), primer sindicato de los trabajadores de la radio.

El tercer gran capítulo comienza el 22 de enero de 1944 en el estadio Luna Park, en un acto para recaudar fondos para las víctimas de un devastador terremoto en la ciudad de San Juan. Allí Eva, de 24 años, conoce a Perón, viudo de 48 años. El inolvidable Roberto Galán aseguró siempre que él los presentó y uno quisiera creerle. Solo un mes después ya estaban conviviendo, y eso fue un escándalo para los conservadores camaradas de las FFAA.

Solo cinco días después del cisma político irreversible que significó el 17 de octubre de 1945, Perón y Evita se casaron en Junín y se enfocaron en la campaña electoral con vistas a las elecciones presidenciales de febrero de 1946. Esas que abrieron una grieta política profunda en Argentina, la grieta social ya llevaba varias décadas. El peronismo se enfrentó a prácticamente toda la clase política de aquel entonces nucleada en la Unión Democrática, y contra todos los pronósticos ganó la presidencia. Eva rompió los protocolos de la usanza de aquellos tiempos, las esposas de los candidatos se restringían a un rol apolítico y “acorde a lo que se espera de una dama”, pero no fue el caso, ella participó y habló en muchos actos, tuvo voz y discurso propio. En esos meses levantó las banderas, de larga tradición, de los derechos políticos de las mujeres. ​ Y en 1947 fue ella la que anuncia a las argentinas que su derecho a votar y participar en política estaba consagrado.

La tradición indicaba que Eva debía ser la “primera dama” y se le reservaba la presidencia de la centenaria Sociedad de Beneficencia; pero las distinguidas damas le negaron ese honor aduciendo que era demasiado joven: “entonces que sea mi madre” retrucó Eva con sorna y poco después dio por disuelta esa organización. Los motivos los dejó bien claros: “No. No es filantropía, ni es caridad, ni es limosna, ni es solidaridad social, ni es beneficencia. Ni siquiera es ayuda social, aunque por darle un nombre aproximado yo le he puesto ése. Para mí, es estrictamente justicia. Lo que más me indignaba al principio de la ayuda social, era que me la calificasen de limosna o de beneficencia”.

Estas formas desafiantes, los contenidos igualitarios, sus aires de mujer poderosa sin culpa ni falsas modestias le granjearon un amor descomunal de las multitudes trabajadoras que la elevaron a la categoría de Santa, y un odio pocas veces visto de los sectores antiperonistas. Ezequiel Martínez Estrada no se privó de decir: “Esta mujer tenía no sólo la desvergüenza de la mujer pública en la cama, sino la intrepidez de la mujer pública en el escenario… una farsante capaz de representar cualquier papel, incluso el de dama honorable...”. En la Fundación Eva Perón llevó a cabo obras de enorme envergadura, y sus enemigos lo han reconocido al criticarle lo demasiado buena que era la comida, la atención y las ropas que repartía entre los humildes.

El punto culminante de su relación con las multitudes fue sin duda el 31 de agosto de 1951, la gente le pedía que sea candidata a la vicepresidencia y Evita les juraba que no importaban los cargos. Fue un diálogo espontáneo, natural, con una tensión abierta. Aún no sabemos con certeza por qué “renunció a los honores pero no a la lucha”. Ella se veía dubitativa, con ganas de decir que sí, se lo estaba pidiendo el pueblo, no pudo dar el no definitivo que vino días después en un mensaje por cadena nacional.

El cáncer de útero se llevó a la joven que no tuvo hijos y se convirtió en la madre de tantos. Mujer de definiciones, sabía que a veces el punto medio, no es el punto de equilibrio: “Yo, sin embargo, por mi manera de ser, no siempre estoy en ese justo punto de equilibrio. Lo reconozco. Casi siempre para mí la justicia está un poco más allá de la mitad del camino… ¡Más cerca de los trabajadores que de los patrones”!



La cálida mano izquierda
Mario Wainfeld

Rodolfo Walsh entra al Parnaso con “Esa mujer”. Hay otras menciones a Evita en su obra, una insuperable en “¿Quién mató a Rosendo?”. Relata un episodio de la infancia de Francisco Granato, laburante re-pobre, uno de los cinco hijos de un albañil enfermo y maltratado por la patronal. Entre el recuerdo de Granato y la prosa de Walsh arman lo que viene.

“Me dio la mano y, bueno, naturalmente, la casa de nosotros era bastante friolenta y yo tenía frío, así que me acuerdo que la mano de Evita era muy caliente”.

Ella le acarició la cabeza. Él le pidió una bicicleta. (…)

Entonces Eva Perón le preguntó (al padre) por qué rengueaba, fulminó sus órdenes, el Seguro se calló la boca. (…).

Hasta entonces, el viejo caminaba con una pierna sola, pero el Seguro igual le daba el alta y tenía que volver al trabajo. (…).

Debió ser en el 51, cuando su madre recibió la carta de la Fundación, fue con él, hicieron las horas de espera hasta la medianoche, conversando el chocolate y los sándwiches

de miga, hasta que ella los recibió, y la madre pidió la máquina de coser pero también las chapas para terminar la pieza, y al fin, con un supremo esfuerzo, la dentadura postiza,

-Si no fuera demasiado abuso.

Vio, con esa humildad de todos los humildes, que les parece que siempre piden mucho, y Evita le dice: “No, si eso no lo pide nadie; al contrario, necesitamos gente que pida eso, para que los médicos puedan estudiar”, y le hizo un chiste como agradeciéndole que se atreviera a pedir los dientes postizos para ella y para el viejo.

Walsh remata:

“A los dos o tres días llegó el camión con las chapas, las camas, los colchones, la bolsa de azúcar, las tazas, los platos, la ropa, las hormas de queso, las dentaduras postizas”.

Llegaron, si se permite una intrusión, después de haberse conversado.

Contrato de lectura: esta columna podría terminar acá. Lo que sigue es ulterior, secundario, rebuscado en comparación. Ahí va.

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Hoy en día suele hablarse del Estado presente, del Estado amigable. De ordinario se refiere a tentativas para ablandar la burocracia sin aportarle calor humano: descentralizaciones, trámites supuestamente veloces, informatización eventualmente. Evita corporizaba al Estado benefactor, tangible, cálido.

El sociólogo Pierre Bourdieu usó la imagen “la mano izquierda del Estado” para referir a las políticas sociales, reparadoras. La mano izquierda corresponde al lado del corazón y compite como mejor puede con la derecha, la de las políticas económicas, la alejada del cuore. Evita tendía esa mano, acariciaba.

Por eso la odiaron, porque las conquistas de muchos disputan con las prerrogativas de pocos. La odió una clase dominante apoltronada en la explotación; también una burguesía clueca, poco perspicaz para entender que el nuevo paradigma podía convenirle. La insultaron, ultrajaron su cuerpo.

Hoy en día deshistorizan su memoria, niegan la conflictividad que la acunó y en la que intervino.

La mano derecha, a menudo, sabe pegar o manipular.

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El odio es una de las claves de la política en Argentina y en el mundo: la grieta dista de ser una novedad en el tiempo o una exclusividad en el espacio. Hace poco escuché al sociólogo Marcelo Leiras explicar que el neoliberalismo económico fracasó y que no ha surgido reemplazo. Una de las respuestas extendidas es el odio.

El odio vence al amor, remacha Leiras.

Millones de personas explotadas y desguarnecidas odian a quien no deberían odiar. Al prójimo, al vecino, al cercano, a los migrantes o personas de otros colores o religiones. Cabecitas negras del planeta, pongalé.

La historia no se repite pero propende a simetrías, paralelismos tendencias.

Décadas después de su muerte se coreaba “se siente/se siente/Evita está presente”. También lo estaba en vida, de eso se trataba. Tanto como de un expandido Estado benefactor, uno de los más desarrollados del planeta, que proveía bienes, trabajo, ampliaba derechos, enaltecía a los sumergidos, les reconocía dignidad.

Es sencillo, accesible, cantado, comprender por qué la amaron las personas humildes, de la clase trabajadora. Millones de Granatos, sus viejas, sus viejos. El mejor amor, en todos los órdenes de la vida, es el correspondido.

Por eso la enarbolaron como bandera argentines de otra clase y otra generación, como quien les habla.

Todo eso, dirá usted, estaba contenido en la cita de Walsh- Granato, treinta líneas que cifran toda una historia. Tiene razón pero no me diga que no le avisé.



Atavíos de Eva
Horacio González

La crítica a lo patético podría tener cierto sentido cuando se transforma en pura exterioridad la expresión amorosa. No saber graduar las “razones del corazón” sería lo patético, palabra con la cual el liberalismo argentino eligió la frugalidad y la abstinencia en cuanto a la manifestación de las pasiones y también para fraguar sus juicios sobre el arte. El primer peronismo vulneró todas esas reglas, pero su forma de mostrar una pasión pública que no fuera chabacana ni grosera, se expresó en la figura de Evita. El “pathos” de Evita no derivaba hacia el concepto vulgar de lo patético –es decir, la emoción innecesaria que no conoce cómo moderarse–, sino que su figura surgía precisamente de la máxima estilización que se permitía la vida popular amorosa, cuando lo íntimo tocaba con su varita a lo social. Los enemigos del patetismo tenían ante sí la forma más elaborada del amor trágico en el seno de una maquinaria estatal.

Eva transitaba desde el ilusionismo de su guardarropa, los crudos obstáculos que le ofrecía una sociedad absorta que la escuchaba hablar a ella de la “revolución peronista” y que con su contundente “mis grasitas” ponía toda la política bajo la cuerda de los humillados y ofendidos. Su plástica ubicuidad iba de sus atuendos sobrios a las vestiduras de gala, esa serie infinita de atavíos que preanunciaban su etéreo pasaje desde los salones del Estado a las escenas de fascinación que protagonizaban las multitudes proféticas. El vértigo con que se trasladaba desde una voz quebrada por dentro por una angustia indescifrable, hacia la leyenda que la quería impartiendo las decisiones más duras contra los “contreras”, indica de qué modo se abandonó a un juego de contradicciones que son la piedra basal de su mitología. La foto de Giselle Freund que consigue exponerla peinándose ante un espejo, contrariando su clásico rodete, los diálogos con el modisto Paco Jamandreu y ese agonismo profundo que nunca abandonaba en sus discursos, aunque fuera para inaugurar un campeonato infantil de fútbol, son a la vez la continuación de su carrera de actriz. Eva había representado en 1936 La hora de los niños, de Lilian Hellman, un gran éxito de la dramaturga norteamericana, esposa de Dashiel Hammet, acusada de comunista. Y luego, por relación posterior con Mario Soffici, Eva podría ser una ejemplificación en el terreno histórico de lo que había anticipado en 1938 el film Kilómetro 111. La crítica a los dueños ingleses del ferrocarril y el intento de una de las sobrinas del jefe de estación de entrar en la cinematografía viajando a Buenos Aires.

Que el amor fuera un sentimiento público podía originar justas reclamaciones de los partidarios de un mundo amoroso solo destinado a confesiones íntimas o a la confidencialidad de las caricias. Del mismo modo, la igualación del amor público con el amor doméstico, suele ser el tema que Leónicas Lamborghini trató haciendo otro febril montaje del discurso de Eva, bajo la gran metáfora de una “hoguera”, donde lo que arde es un amor tratado como un tríptico. “Si veo claramente lo que es mi pueblo y lo quiero y siento su cariño acariciando mi nombre, es solamente por él”, se lee en La razón de mi vida. El provee las posibilidades, ella las recibe para poder ver a lo popular, que se muestra para ser querido y a la vez acariciar a quien la quiere. Las tres figuras, Perón, el Pueblo y Eva, la dejan a ella en un etéreo papel flotante, de médium. En ese célebre texto ella acepta poner su firma caligráfica, “Eva Perón”, con rasgos que calcan los trazos que salen de la pluma enérgica del que le da su otro nombre –del que sabe que la respalda cuando se independiza y reclama ser solo Evita. En esta vida legendaria, podemos ver en acto y en toda su plenitud teatral, todo lo que Freud había estudiado en Psicología de masas e ideal del yo, en 1914. Allí se hablaba del amor a los jefes, de las hipnosis como una tensión en las conciencias de las masas, del cemento libidinal que mantiene a toda clase de instituciones. Es como si estuviera escribiendo un libreto para la eclosión argentina de 1945. Sin ridiculizar, lamentar, reír o detestar las acciones humanas.



El mensaje de "Mi mensaje"
José Pablo Feinmann

El martes 31 de julio de 2012, el Congreso nacional presentó la edición definitiva de Mi mensaje, texto que Eva Perón dictó durante los últimos días de su agonía. Fue un honor que me encargaran el Prólogo. Mi mensaje fue escrito de cara a la Muerte. Con los días contados. Ya no había intereses, ni coyunturas ni manos ajenas que pudieran herir el texto. Es Eva Perón en carne viva, sin velos, sin ganas de guardarse nada. De aquí la dureza y autenticidad de sus palabras. Vamos a escoger algunos textos. Darle la palabra a Evita. Fueron las últimas que dijo y tienen la fuerza de lo definitivo.

“Nadie fue capaz de seguir la farsa como yo para saber toda la verdad. Porque todos los que salieron del pueblo para recorrer mi camino no volvieron nunca. Se dejaron deslumbrar por la maravillosa fantasía de las alturas y se quedaron para gozar de la mentira.”

“Yo no me dejé arrancar el alma que traje de la calle, por eso no me deslumbró jamás la grandeza del poder y pude ver sus miserias. Por eso nunca me olvidé de las miserias de mi pueblo y pude ver sus grandezas.”

Decide denunciar definitivamente (¿qué otra cosa si no lo definitivo le quedaba?) a los enemigos del pueblo: “A veces los he visto fríos e insensibles. Declaro con toda la fuerza de mi fanatismo que siempre me repugnaron. Les he sentido frío de sapos o de culebras”.

Se entrega a una exaltación del “fanatismo”. Del suyo, al que llegará a identificar con el de Cristo. En Eva, el fanatismo implica la entrega absoluta a una causa. Siempre dijo: “Los tibios me repugnan”.

“Para servir al pueblo hay que estar dispuestos a todo, incluso a morir. Los fríos no mueren por una causa, sino de casualidad. Los fanáticos, sí (...) El fanatismo es la única fuerza que Dios le dejó al corazón para ganar sus batallas”.

“Tenemos que convencernos para siempre: el mundo será de los pueblos si los pueblos decidimos enardecernos en el fuego sagrado del fanatismo. Quemarnos para poder quemar, sin escuchar la sirena de los mediocres y los imbéciles que nos hablan de prudencia. Ellos, que hablan de la dulzura y del amor que Cristo dijo: ¡Fuego he venido a traer sobre la tierra y qué más quiero sino que arda! Cristo nos dio un ejemplo divino de fanatismo. ¿Qué son a su lado los eternos predicadores de la mediocridad?” Las citas bíblicas de Eva son precisas, ni erráticas ni menos aún equivocadas. Tomo, de mi Prólogo, el siguiente fragmento: “Jesús, en Lucas 12.49, dice: ‘He venido a arrojar un fuego sobre la tierra y ¡cuánto desearía que ya hubiera prendido!’” (Biblia de Jerusalén). Luego, en 12.51, insiste: “¿Creéis que estoy aquí para poner paz en la tierra? No, os lo aseguro, sino división”. Son textos que han asombrado a los teólogos porque contradicen el mensaje central del profeta de Nazareth: el del amor, el de poner la otra mejilla. De aquí que, en San Mateo, el texto que Evita menciona sea antecedido por el título: Jesús, señal de contradicción. Y dice: “No penséis que he venido a traer paz a la tierra. No he venido a traer paz, sino espada” (Mateo, 10.34.). Hay una explicación. El confesor de Eva durante sus largos últimos días fue el padre Hernán Benítez. Es (muy) posible que él le hiciera conocer esas citas tan cuidadosamente escogidas y que ocupan un escueto espacio en los evangelios. Acaso impresionado por los durísimos textos contra la Iglesia, Hernán Benítez (un digno sacerdote, de los pocos: hoy Domingo Bresci, otro pastor del pueblo, da misa en la misma parroquia que él) negó la veracidad de Mi Mensaje. No es así. Vi el auténtico manuscrito. Me lo mostró hace más de diez años Fermín Chávez: un montón de hojas amarillentas. Cada una llevaba las iniciales inconfundibles de Eva.

“Si alguna cosa tengo que reprocharle a las altas jerarquías militares y clericales es precisamente su frialdad y su indiferencia ante el drama de mi pueblo.” Detesta a los que entregan a sus pueblos. A los que dicen que nada se puede hacer. “Podrá costar más o menos sacrificio, ¡pero siempre se puede! (...) ¿Los procedimientos? Hay mil procedimientos eficaces para vencer: con armas o sin armas, de frente o por la espalda, a la luz del día o a la sombra de la noche, con un gesto de rabia o con una sonrisa, llorando o cantando, por los medios legales o por los medios ilícitos que los mismos imperialismos utilizan contra los pueblos.”

“Ya no podrán jamás arrebatarnos nuestra justicia, nuestra libertad y nuestra soberanía. Tendrían que matarnos uno por uno a todos los argentinos. Y eso ya no podrán hacerlo jamás.” Doloroso texto. Revela que ni ella (que los conocía de cerca) había vislumbrado la crueldad de sus enemigos. Mataron a todos uno por uno. A todos los argentinos que les incomodaban para imponer sus planes económicos miserables, que arruinaron el país y los enriquecieron. La mataron a ella una y mil veces por medio de la desaparición, la injuria, la negociación política de su cuerpo escueto, magro. No la dejaron reposar en paz. Tenían miedo de una tumba suya en el país. Habría sido el lugar desde donde el pueblo –luego de rezarle, de evocarla y de expresarle ese amor que los hacía arder como ella había ardido– se organizaría. Ese pueblo marginado, excluido, que no podía votar porque estaban prohibidos su partido y su líder, porque la “democracia” de los militares del ’55 podía creer que lo era pese a excluirlos y esa farsa la aceptaron todos, civiles y militares, todos chapoteando durante dieciocho años en el fango de la ilegitimidad, llevando a la juventud al descreimiento político y a su fruto: la violencia.

“Me rebelo indignada con todo el veneno de mi odio o con todo el incendio de mi amor –no lo sé todavía– en contra del privilegio que constituyen todavía los altos círculos de las fuerzas armadas y clericales (...) Pero sé también que a los pueblos les repugna la prepotencia militar que se atribuye el monopolio de la Patria, y que no se concilian la humildad y la pobreza de Cristo con la fastuosa soberbia de los dignatarios eclesiásticos que se atribuyen el monopolio absoluto de la religión (...) Yo no diría una palabra si las fuerzas armadas fuesen instrumentos fieles al pueblo. Pero no es así: casi siempre son carne de la oligarquía.”

También les reserva duras palabras a los dirigentes sindicales que se dejan “marear por las alturas”: “Dirigentes obreros entregados a los amos de la oligarquía por una sonrisa, por un banquete o por unas monedas. Los denuncio como traidores”. Contra las jerarquías clericales: “Entre los hombres fríos de mi tiempo señalo a las jerarquías clericales cuya inmensa mayoría padece una inconcebible indiferencia frente a la realidad sufriente de los pueblos (...) Les reprocho haber abandonado a los pobres, a los humildes, a los descamisados, a los enfermos, y haber preferido en cambio la gloria y los honores de la oligarquía (...) Soy católica, pero no comprendo que la religión de Cristo sea compatible con la oligarquía y el privilegio”. Acusa a la religión de predicar el sometimiento ante los poderosos, ante esa oligarquía contra la que siempre luchó y que la supo odiar aún más allá de lo que los odiaba ella. “La religión no ha de ser jamás instrumento de opresión para los pueblos. Tiene que ser bandera de rebeldía (...) Predicar la resignación es predicar la esclavitud. Es necesario, en cambio, predicar la libertad y la justicia (...) Mi mensaje está destinado a despertar el alma de los pueblos de su modorra frente a las infinitas formas de la opresión y una de esas formas es la que utiliza el profundo sentimiento religioso de los pueblos como instrumento de esclavitud.”

Termina pidiendo que “los hombres y las mujeres del pueblo” no se entreguen jamás a la oligarquía. Porque: “Con ellos no nos entenderemos nunca, porque lo único que ellos quieren es lo único que nosotros no podremos darles jamás: nuestra libertad”.

Sólo algo más: no sé si me agrada verla a Eva en un billete, sea del valor que sea. El dinero es la mercancía de las mercancías. La mercancía a la que todas remiten. Si no, se retornaría al trueque. La mercancía es el alma del capitalismo. Más allá del dinero –como mercancía absoluta que sostiene el sistema– sólo restan los metales preciosos. ¿Cómo no voy a acordar en sacarlo a Roca de un billete (que es el alma de la clase oligárquica que él consolidó) aunque sólo sea para no verle la cara? Pero la cara de Eva apreciaría verla en otros paisajes. No quiero –cualquiera de estos días– recibir un billete gastado por el uso, por el manoseo de una sociedad que se basa en la acumulación simbólica de esos papeles sucios, y adivinar, detrás, el rostro de Eva. Si ya está, ya está. Pero también está servido el chiste gorila, el chiste que reverdecerá el viejo odio que acompañó a Evita en su vida y a lo largo de la muerte: “Evita volvió y es millones en billetes de cien pesos”. Habrá que buscar que, si vuelve, sea otra cosa. Porque ésa no está a su altura. Será tal vez un honor para cualquier otro, pero una Evita cosificada en la mercancía esencial del sistema que ella abominó no servirá de mucho. Ni le hace honor. El honor que, sin duda, altamente merece esa militante que quemó su vida en el fuego de su propia militancia. Que, con su último suspiro, se preguntó: “¿Sabrán mis grasitas cuánto los amo?”.






viernes, 8 de febrero de 2019

ARRIBA LAS TETAS




Tetas que se mueven sin que nada restrinja el movimiento, pezones perceptivos de la lluvia o el calor, y la piel que se deja ver detrás de una sola tela. Tetas dichosas y nada vergonzosas que hacen oídos sordos a la práctica reguladora del uso del corpiño y gozan con la singularidad propia de cada una en marchas, tetazos y vida cotidiana donde cada vez más la autonomía de los cuerpos propone jugar en la liga de la libertad, sin monitoreos de vigilancia para las que quieran caminar por la calle sueltas de cuerpo, hacer topless en la playa, amamantar a sus hijxs en lugares públicos, o marchar y pintárselas en el abrazo colectivo. Basta con recordar a la rectora de la Escuela Nº 12 de Villa Urquiza que retó a una alumna de 18 años por ir al colegio con un vestido de breteles finitos (“No podés venir sin usar sostén”, le dijo), o el operativo policial que impidió a tres mujeres hacer topless en Necochea, o las dos mujeres policía que no dejaron a una madre de 22 años amamantar a su bebé en una plaza de San Isidro, y cómo de inmediato se desataron protestas, sueltas de corpiños y tetazos feministas. Porque después del 3 de junio de 2015, el latido de mujeres, lesbianas, travestis y trans, comenzó a definirse con el signo de una revolución que vino a cambiarlo todo. Una vez más, se trata de la soberanía de los cuerpos y el derecho al disfrute, a andar libres, a amamantar donde sea y a estudiar cómodas, sin nada que apretuje el contorno, las ideas, o las ganas. El uso o no de corpiños, puede implicar tanto una decisión ideológica y política como espontánea, y apelar a la comodidad según gustos personales, pero lo que ya no tiene vuelta atrás es la certeza de que el vínculo con los cuerpos transita por otro camino, uno menos hipócrita.


Lala Brillos es performer, actriz y activista. Vive en Rosario, y condujo el tetazo del 7 febrero de 2017, en el Monumento a la Bandera en repudio al episodio de la playa de Necochea.

Ese, como todos los tetazos de los últimos tiempos fueron actos políticos de cuidado de los cuerpos, por la libertad de mostrarlos y decidir sin condicionamientos. “Contra los tarifazos, los despidos y por la libertad de las tetas de Milagro Sala, que también nos compete por el solo hecho de ser mujeres”, clamaba Lala en la apertura del festival, “cuidamos nuestros cuerpos más que la propiedad privada”, arengaba a la multitud que se había congregado en las escalinatas y explanada del Monumento. Lala conduce el programa de radio Mañana vemos, y en diálogo con Las12, recoge como primera impresión en torno a este tema la felicidad que reinaba un día del verano pasado cuando llegó con sus amigas al parador teta friendly que está en la isla frente a Rosario.

“La libertad se veía en los rostros”, cuenta. Junto a la artista visual uruguaya Viviana Artigas hicieron fotos para la muestra “Mujeres en cuero”: “Comimos en tetas, nos metimos al agua en tetas, hablamos de nuestras tetas y de la posibilidad de exhibirlas permanentemente como lo hacen los hombres. Era la primera vez que nos pasaba algo así”. La muestra estuvo exhibida en el Espacio Abre, de Rosario el año pasado. Dos semanas atrás volvieron a convocarse e hicieron una intervención de madrugada andando en bici en tetas. El mensaje que las convocaba venía del futuro y decía: “Año 2022, las mujeres pueden salir de trabajar a la madrugada en bicicleta e ir en cuero sin ningún tipo de acoso”.

Lala que vive una vida sin corpiño, cierra diciendo que le pareció algo hermoso y que cree que es posible. “Aunque la mirada y el acoso aun existen, en algún momento tendremos el respeto al otrx naturalizado. Andar en cuero también es un privilegio de los varones. ‘Ah, no usas corpiño’, son cometarios de hombres con los que no tengo ningún tipo de diálogo pero que igual comentan”. Como activista busca esa igualdad “hay que darle pelea a la policía de los cuerpos, a la sexualización de la teta que se vende, que se cosifica. Hay que correrla de ese lugar capitalista y verla desde donde proviene el alimento materno más noble hasta un simple hecho de libertad”.

Zuleika Esnal salió sin corpiño en una charla Ted que se viralizó y los comentarios eran “sobre si tenía o no tenía las tetas en su lugar, como si hubiese un lugar donde tenerlas y eso fuese lo importante”, dice. “Yo estaba hablando de una realidad que nos caga a palos todo el tiempo, que nos están asesinando, que no podemos salir tranquilas a la calle, que tenemos que avisar que estamos vivas, y sin embargo era: ‘Mírenla sin corpiño, después quieren que no las violen’. Ahí es cuando digo cuánto nos falta. Pero cuando miremos para atrás, vamos a ver todo lo que estamos haciendo hoy. Cada una tiene que hacer lo que quiera y sienta, sin pedir permiso nunca por eso.”

¿Cómo se resignifican las tetas en esta marea feminista? ¿Qué representa la decisión de dejar de usar corpiño? ¿Es una toma de decisión o un proceso que se da con más espontaneidad? ¿Qué trae aparejado y qué plus aporta? Lara, Julieta, Lule, Vanina y Abril trazan sus historias en las que dejaron de lado el corpiño, o lo usan a veces, y solo si están cómodas.

Lara (21 años, de Avellaneda): –Sinceramente es la primera vez que me detengo a pensar sobre la decisión. Y resalto eso como algo interesante porque soy consciente de mis lecturas feministas de estos últimos años, o al menos la constancia con la que leo y discuto. Creo que fue una decisión bastante espontánea y poco intelectualizada. Ahora me pregunto: ¿Cuándo decidí usarlo? ¿Quién y a qué edad me compró el primero? No puedo responder. Simplemente sucedió. Como suceden todas las cosas que nos construyeron hasta hoy y que ahora estamos tirando.

Julieta (gestora cultural, 24): –Creo que algo que trae la marea feminista en relación a las tetas es diversidad en su representación. Crecimos con una sola manera hegemónica de entender las tetas, grandes, redondas y blancas, básicamente representadas desde un ojo heteropatriarcal. Hoy veo que esto está cambiando, tanto en redes sociales, marchas, incluso en publicidades. Creo que esta representación trae una liberación de la imagen y desde esa liberación es que dejamos de usar corpiño y levantamos la imagen de las tetas como bandera ya sea por placer, exhibición, o símbolo de potencia de nuestras luchas. La imagen colectiva de las tetas se está comenzando a diversificar y ahí es donde podemos empezar a aceptar nuestras tetas tan distintas a aquella imagen hegemónica con la que crecimos. Con el tiempo dejé de usar corpiño porque sentía que no lo necesitaba, por comodidad... pero esta decisión estuvo acompañada por una aceptación de mi cuerpo. Siempre está el familiar o la persona ajena que cuestiona, juzga y pregunta “pero, ¿por qué?”.

Vanina es actriz y cuenta que cuando daba de mamar quería estar en tetas todo el día porque le dolían los pezones con el sólo roce de la ropa. “Cuando daba la teta era febrero y venían a visitarnos amigos que en ocasiones se ponían en cuero en la terraza de mi casa. Con los pezones agrietados, salía a saludarlos poniéndome una remera y muchas veces un doloroso corpiño por si me salía un poco de leche mientras les hablaba. ‘Si tapo eso, lo más natural que las tetas hacen –pensé una de tantas noches en vela con mi bebé– más vale que voy a creer que está bien taparlas cuando sólo son mis tetas y no el almuerzo de alguien’. Hoy casi no uso corpiño, me molesta y como tengo tetas chiquitas no cumple la función de contenerlas. Pero uso remeras cuando tengo calor. Y me lo cuestiono. Pienso en todo lo que del cuerpo aún debe taparse, retenerse, esconderse, con ropa, con excusas, con dolor, con calor. Pienso en el agotamiento emocional que es tener un cuerpo de mujer y andar por la calle, en el trabajo, en todas partes menos en la intimidad, lugar en el que el cuerpo desnudo es realmente la extensión de unx mismx para unx mismx y para le otre. Me dan ganas de quedarme ahí con mi cuerpo, mis tetas, mi culo, mi panza pero más me dan ganas de asomarme de ese lugar y ver que por la calle todas andamos si tenemos ganas o necesidad en tetas también”.

Lule tiene 30 años, es productora, comunicadora y forma parte de Matria, medio colaborativo para la igualdad de géneros. Cuenta que no usa corpiño aunque usó en sus primeros años de teta porque se sentía “más grande”. “Las que usaban corpiño eran las mujeres y cuando sos niña o preadolescente, ser mujer es una especie de meta”, puntualiza. Cuando entró en la secundaria lo abandonó y nunca más. Excepto cuando juega al fútbol, que usa deportivo “porque post lactancia de dos años siento que me puedo autoinfligir un cross de teta”. Dice que nunca fue una toma de decisión políticamente asumida sino por comodidad. Asume que los corpiños le resultan horrendos y que le encanta cómo se ven las tetas, los pezones y la piel.

MARCHAR EN TETAS ES MARCHAR

Muchas pibas dejan remera y corpiño de lado y ponen sus tetas, como ponen su cuerpo, para una lucha común, que las hermana sin igualarlas. Silvia Elizalde, investigadora del CONICET y autora de Tiempo de chicas. Identidad, cultura y poder (Grupo Editor Universitario, 2015), señala que esa desnudez vuelve indisimulable “el espesor real y experiencial de cada quien que grita por sus derechos, en contraposición a una industria cultural que photoshopea los cuerpos hasta hacerlos encajar en su perversa ilusión canonizante y sin carnadura social y política”. Y trae como metáfora el propio bamboleo de las tetas al andar como continuación en el cuerpo de las mujeres de la marea feminista que todo lo sacude y lo transforma, en claro contrapunto –dice– con la inacción estatal y la vista gorda social, eternizadas en la promesa de cambio y la hipocresía.

Fue en un Encuentro Nacional de Mujeres cuando Lara recuerda haberlas conocido realmente porque caminó muchas cuadras sin remera y se pintó el cuerpo con sus amigas. “Me gusta tenerlas sueltas”, dice. “No siento la necesidad de sostenerlas/contenerlas. Incluso me parece erótico que estén libres. Que se luzca su forma con las remeras. Que estén al alcance si las quiero tocar o quiero que las toquen”. A veces se pregunta si por el resto de sus días va a tener que seguir escuchando ‘mirá que se te caen’, ‘ahora porque tenés veinte, a los cuarenta te vas a querer matar’. Pero el feminismo también le enseñó a identificar cuáles son sus preocupaciones y cuáles las de esta sociedad patriarcal. Así que transita otro verano en remera y disfruta de sus tetas, que son de ella y de nadie más.

Elizalde remarca la necesidad de situar en contexto este “ponerle el pecho a las luchas”: “No es lo mismo marchar en tetas entre cientos de otras que también lo hacen como parte de una voluntad colectiva de autodeterminación y despliegue autónomo del cuerpo que hacerlo sola, volviendo a casa luego de la desconcentración”.

Abril es militante de Hagamos lo imposible, vive en Lomas de Zamora y está por cumplir veinte años. Se acuerda abrazada a sus compañeras de colegio en alguna marcha feminista cuando tenía catorce. Muchas andaban en corpiño, otras en tetas, y ella en remera porque así se sentía cómoda. Pero todas abrazadas. A los quince o dieciséis anduvo sin remera ni corpiño en una movilización. “Todas nos cuidábamos de los ojos de afuera. Yo comentaba con los cachetes rojos a mis amigas sobre lo loco que era caminar por pleno centro ¡en tetas! Las calles son nuestras, decíamos”. Descubrían el propio cuerpo y entendían que es para ellas. “Para nuestro disfrute, para nuestra risa, para nuestro orgullo. Nuestro aquelarre es así”, proclama Abril.

¿Y cómo lo vivís hoy?

Abril: –Lo costoso es plantarse a la mirada ajena. Es real que nos miran, que nos juzgan, que nos etiquetan. ¡Y la cantidad de formas que tienen nuestras tetas! Pezones grandes, pezones chicos, pezones parados, tetas caídas, tetas inmensas, tetas chicas, tetas triangulares o redondas, tetas negras, tetas blancas, tetas coloradas, tetas con lunares y andá a saber cuántas cosas más, pero tetas. Lo vivo así, transito momentos, a veces mejor, a veces no tanto. A veces me siento más libre, más fresca, más tranquila. A veces no, entonces agarro algún corpiño que me haga sentir bien. Creo que el horizonte es encontrarse auténtica, cómoda y segura. La decisión es nuestra.

La investigadora adjunta del Conicet, Karina Felitti, tiene un trabajo sobre el uso y no uso del corpiño como acción política que se titula En tetas ¿hay paraíso? La desnudez femenina como arma política.  “En algunos espacios feministas e incluso en los círculos de mujeres, el no usar corpiño suele proponerse –explícita o implícitamente– como un símbolo de feminista libertaria, que puede ser complicado de llevar a la práctica para las chicas que tienen mucha teta, que han amamantado, que salen a correr o practican deportes. Por eso, para algunas será más cómodo o liberador no usar corpiño y para otras es más cómodo usarlo”.

¿Cuándo surge la práctica de mostrar las tetas en las marchas?


Karina: –Desde hace unas décadas, el desnudo ha devenido estrategia de protesta feminista. Mostrarse totalmente sin ropas o con el torso descubierto está siendo usado por muchas mujeres, de diferentes edades, naciones, etnicidades, clases, géneros y corporalidades, como un modo de llamar la atención sobre sus reclamos sociales, políticos, económicos, laborales, (no) reproductivos y sexuales. Sabemos que la práctica de mostrar el pecho en una apuesta política no es nueva, basta recordar el cuadro La Libertad guiando al pueblo, de Delacroix, en donde el seno descubierto de la Marianne deviene símbolo de la Revolución Francesa y sus ideales. Como plantea Marilyn Yalom, se trata de un pecho que nutre la nueva etapa de la historia republicana. Lo novedoso es la organización colectiva de tetazos, la confluencia de cientos de mujeres que inscriben en su torso consignas y salen a marchar, y la difusión por las redes de estas acciones.

¿Y qué sucede en las redes con estas prácticas?

–Desde otros lugares de enunciación encontramos mujeres que muestran las cicatrices de sus mastectomías en la red y madres que reclaman poder compartir en Facebook o Instagram sus fotos amamantando o que implementan una micropolítica del pecho en libertad dejando de usar corpiños. Como afirma Rita Segato en Las estructuras elementales de la violencia, el cuerpo de las mujeres es un campo de batalla donde se plantean barreras de control territorial, es bastidor donde se cuelgan insignias y es también un último espacio de soberanía cuando todas nuestras posesiones están perdidas.

¿Cómo aparecen las tetas en las representaciones de la moda?

–Si pensamos en el “pecho sexy” podemos imaginarlo desnudo o insinuado, con muchos ejemplos en la historia del arte que nos ayudan a contextualizar los deslizamientos, y con una vinculación fuerte con la industria de la moda. ¿Qué pensarían de los corpiños con relleno las mujeres que tiraron los suyos en los “basureros de la libertad” que colocaron las feministas de los 60? Muchas mujeres han optado por no usar más corpiño como un signo de libertad ante la duda sobre la posibilidad de ser una mujer liberada y a la vez ajustada por las correas de un corsé. En mi trabajo puse en el centro de la escena las voces de las propias mujeres, sin desconocer las presiones del mercado y sus modelos, y advertí el placer que causa en muchas vestir lencería erótica y cómo esto también generó una nueva oferta. Hay varias diseñadoras con marcas en expansión que se inscriben en prácticas de comercio justo y adhieren al feminismo, tienen a la comodidad como principal emblema, sin renunciar al diseño, la belleza y el erotismo porque no todas las mujeres se sienten cómodas sin un sostén o entienden que el corsé es símbolo de opresión.




Desiree Du Val es la directora creativa de WTTJ, ropa antipatriarcal que se define bajo los hashtags #haceloquetegusta #sevaacaer #macrigato #seraley. Dice que las pibas están visibilizando la hipocresía patriarcal, que reconocen sus cuerpos como propios, emprenden la hermosa tarea de liberarlo a gusto de cada una y cada vez son más las que sacan las tetas a la libertad. Cuenta: “Desde que nos comienzan a salir las tetas, nos las condicionan, opinan y critican, o nos meten en la cabeza que las tetas son parte de esa ‘privacidad femenina’ que deberá ser guardada para el hombre que decida probarlas o consumirlas en un medio de comunicación. No tardan en decirte cómo las tenés que tener, y recibimos permanentemente los límites que nos impone el patriarcado. Y así, nuestras valiosas tetas pasan a ser un objeto más del macabro sistema de consumo. Nos encontramos con hombres que no pueden reprimir la paja por sus cerebros podridos de tanto cosificarnos; claro está que el problema son sus cerebros podridos, no nuestras tetas”. Desiree manifiesta la esperanza de poder algún día subirse al colectivo y que sus pezones parados no sean punto de atracción.

Los emprendimientos feministas de lencería erótica o “ropa para el interior de cada una”, como propone Brilla Gringa, respetan la forma natural del cuerpo, sin aros, ni broches. “Libres pero seguras. Mujer, naturaleza, suelta, húmeda y que truena” reza la oración que las representa.

ElleVanTok, es la tienda de lencería erótica que plantea comodidad para sostener junto con la posibilidad de elegir. Maru, su fundadora, se maravilla con cómo cada vez más mujeres, con cuerpos no hegemónicos, no comerciales, no estereotipados o estereotipables, buscan liberarse, potenciarse, seducirse y seducir. Y arriesga: “En esta revolución de las mujeres y transfeministas no pedimos permiso. Elegimos qué, cómo y con quién, con prendas que se adaptan a diferentes cuerpos y requerimientos de cada una, no al revés. No pretendemos disimular, sino proclamar la independencia”.








domingo, 20 de enero de 2019

FEMINICIDIOS 2019





El 1º de enero Celeste Castillo, de 25 años, fue baleada por su esposo, el policía Héctor Montenegro, que se suicido, en Santiago del Estero.

El 4 de enero, en Sáenz Peña, Chaco, Valeria Silvina Juárez, de 32 años, fue asesinada por su padre, Elías Juárez, de 63 años, que se quito la vida.

El 7 de enero Daiana Moyano, de 24 años, fue abusada sexualmente, golpeada, estrangulada y descartada post mortem en un descampado del barrio La Floresta Sur, en Córdoba. El principal sospechoso es Alejandro Coronel y es el padre de sus dos hijas, de dos y seis años que está detenido.

También ese día fue apuñalada 17 veces en la cara y 15 veces en la espalda Joselin Nayla Mamaní, de 10 años, en su casa de Longchamps. Su mamá, Sara Mamani la encontró en la cocina. Está imputado la ex pareja de Sara, Carlos Correa, por femicidio vinculado.

El 8 de enero Gisel Romina Varela, policía, de 33 años, fue baleada, en Mar del Plata. Por el femicidio está detenido Sergio Alejandro Cejas, que tenía una orden de restricción de acercamiento desde agosto del año pasado.

El 9 de enero murió Liliana Loyola, de 64 años. En noviembre del año pasado la habían quemado y por la gravedad de las heridas no logro sobrevivir. El principal sospechoso es su hijo adoptivo Juan Eduardo Echegaray, de 27 años.

El 13 de enero fue encontrado el cuerpo de la adolescente Agustina Imvinkelried de 17 años, que estaba desaparecida, y fue asesinada. Ella había ido a bailar el sábado a la noche a Esperanza, Santa Fe. El domingo a la madrugada estaba esperando que la fueran a buscar. El principal sospechoso es Pablo Trionfini que se suicidó en su casa y expresaba odio hacía el placer de las mujeres y consignas contra el derecho al aborto en las redes sociales.

El 15 de enero Danisa Canale fue asesinada a martillazos en Galvéz, Santa Fe. Su marido, Jorge Trossero, llamo a la policía para decirle que la había matado.

El 16 de enero Romina Ugarte fue baleada en su casa en Cañuelas. El único detenido es su novio policía Nicolás Fernando Agüero, de 19 años.

El cuerpo de Carla Soggiu, de 28 años, fue encontrado ayer flotando en el Riachuelo. Había desaparecido el martes luego de activar dos veces su botón de antipánico en Pompeya. Todavía se investigan las causas de su muerte.

La lista deja sin aliento.

El año nuevo empezó mal y entre el primer día del año y el 18 de enero del 2019 ya se cuentan doce femicidios confirmados, según contabilizan en el Observatorio de las Violencias de Género “Ahora que sí nos ven”. A esa crifa podría sumarse Carla Soggiu, cuyo cuerpo fue encontrado ayer. En lo que va del año hay una víctima de violencia machista cada treinta y seis horas. El fenómeno no es nuevo. En el mismo período del año pasado la misma organización registro quince femicidios (entre ellos de una niña, de un niño como forma de femicidio vinculado y un travesticidio). Sin embargo, si nos remitimos al 2017 en los primeros dieciocho días del año se había producido un femicidio vinculado. Y en el 2016 del 1 al 18 de enero se registraron once femicidios y un travesticidio.

“Son cifras alarmantes y un año que empieza difícil. Por un lado hay un movimiento de transformación social en el cual las mujeres decimos que no toleramos la violencia, que no estamos dispuestas a agachar la cabeza, que llego la hora de que nadie pueda levantarnos la mano. Sin embargo, la violencia persiste. Falta que el Estado se haga cargo de que esta transformación cultural se traduzca en hechos concretos, en políticas con un presupuesto acorde y no $11 pesos por mujer, por año, como sucede actualmente”, objeta la diputada nacional Lucila De Ponti, del Movimiento Evita.

Mientras que, entre enero y el 31 de octubre del 2018, se registraron 225 femicidios y 29 femicidios vinculados de hombres y niños (porque intentaron defenderlas o porque su muerte fue la forma de dañar a una mujer) y 250 hijas e hijos (67 por ciento menores de edad) se quedaron sin madre, según el Observatorios de Femicidios en Argentina “Adriana Marisel Zambrano”, coordinado por La Casa del Encuentro.

¿Cómo se pueden evitar los femicidios? La ex diputada y abogada María Elena Barbagelata reclama: “Hay que implementar la Educación Sexual Integral (ESI) para prevenir la violencia de género. Pero, además, tomar mayores medidas de protección en los procesos que sean rápidas y efectivas y tengan seguimiento de las autoridades. Hoy, todavía, las mujeres víctimas de violencia tienen que llevar en persona las órdenes judiciales de no acercamiento. No hay apoyo, ni medidas de políticas públicas que las apoyen para buscar soluciones mientras ellas, a veces, tienen que reiterar, diecisiete veces, las denuncias”.

La idea de inseguridad que se promueve como botón de pánico social en donde se desconfía del otro y se sube la vara del linchamiento, la represión y el gatillo fácil se quiere trasladar a la violencia de género. Pero la salida no es por esa puerta según la docente Laurana Malacalza Coordinadora del Observatorio de Violencia de Género de la Defensoría del Pueblo de la Provincia de Buenos Aires. Ella remarca: “Hasta el momento el paradigma en el que se han sustentado las políticas públicas por parte del Estado Nacional y reproducida por los Estados provinciales se concentra en la atención judicial y policial de los casos con muchas deficiencias. Es un paradigma seguritario que aborda los casos de manera individual y desarticulada por parte de las distintas agencias del Estado y eso se muestra en la cantidad de femicidios en donde las mujeres denunciaron y le pidieron ayuda al Estado y el Estado no las protegió. Pero, además, se fomenta la sobreburocratización y una enorme cantidad de instancias que las mujeres deben recorrer sin que eso sirva para protegerlas. Además se piensan medidas de un paradigma seguritario como botón antipánico, tobilleras magnéticas para agresores y app para hacer denuncias y este paradigma ha dado muestra de su fracaso ante cada uno de los femicidios”.

Un ejemplo de como la burocracia es cómplice de muerte es el femicidio múltiple ocurrido el 15 de noviembre, en Colón, Entre Ríos. Leonardo Andrés Ayala asesinó a Delia Guerrero, su ex pareja, sus dos hijos (Josefina y Patricio) y un amigo de la mujer (Ramón Lagneaux) y, después, se suicido, con un arma 9 milímetros. El femicida tenía una medida de restricción pedida por la fiscal por el abuso sexual de su hija de dos años, pero el Juez no había aceptado la sugerencia de pedir su captura. Este tipo de casos son catalogados por La Casa del Encuentro como femicidios vinculados porque la finalidad del asesino es matar, castigar o destruir psíquicamente a la mujer sobre la cual ejerce la dominación (y a la cual considera de su propiedad) y, con ese objetivo, asesina a personas que intentan impedir el femicidio o con vínculo familiar o afectivo con la mujer. La justicia no creyó que Ayala era capaz de abusar de su hija de dos años y termino matando a la nena y toda la familia.

“El miedo y la violencia se han convertido en parte del proyecto de gobernabilidad de los gobiernos neoliberales”, destaca Malacalza. Por eso, no se trata de medidas mágicas o represivas lo que se propone sino las relaciones comunitarias y los espacios colectivos que construyan mayor seguridad al estar con otras.

Las jóvenes en el blanco del goce

La muerte de jóvenes no es azarosa, sino un tipo de femicidio etáreo que busca aniquilar a las chicas en situación de goce y que le costó la vida a sesenta jóvenes que apenas habían mordido un cuarto de las experiencias que les debería haber arrojado su vida durante el año pasado. “Es preocupante porque los femicidios de mujeres jóvenes, de entre 15 y 25 años, representaron el 25 por ciento del total de los femicidios ocurridos durante el año pasado”, señala Raquel Vivanco, integrante de Marea Feminista Popular y Disidente y Presidenta del Observatorio “Ahora que sí nos ven”. Un dato central es que el 25 por ciento de las chicas asesinadas, previamente, estuvo desaparecida. “Son cifras alarmantes teniendo en cuenta el alto nivel de organización que venimos gestando desde el feminismo y que las pibas son el motor del cambio cultural que estamos protagonizando”, contextualiza Vivanco.

¿Qué se puede hacer para frenar la violencia hacia las más chicas? “Para las jóvenes el feminismo tiene que ser un refugio. Nos tenemos que cuidar entre nosotras; construir redes, lazos, vínculos entre las pibas y sus mamás, las familias, los amigos. Hasta que el Estado se decida a encabezar una política que cuide a las mujeres las mejores garantías van a ser los vínculos de cuidado”, propone De Ponti.

Por su parte, Vivanco reclama: “Necesitamos mayor presupuesto para erradicar la violencia contra las mujeres; la urgente implementación de la Ley de Educación Sexual Integral y capacitar a fuerzas de seguridad para que intervengan a tiempo y con perspectiva de género. Necesitamos ciudades seguras para que las pibas puedan caminar sin miedo en la calle. Las pibas tienen derecho a disfrutar de su libertad sin miedo a ser acosadas, abusadas o asesinadas”.

Mucho más que números
Luciana Peker



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sábado, 12 de enero de 2019

PATRIARCADO, BIOPOLÍTICA Y ESTRACTIVISMO



Un grupo de varones jóvenes violó a una adolescente de 14 años en un camping de Miramar el 1° de enero.

En apenas dos días otra banda de encapuchados abusó e intentó violar a una adolescente en un descampado de Villa Elisa y una mujer rescató a su hija de 14 años de la casa de unos vecinos en Salta. Tres hombres la habían violado después de darle alcohol con algún tipo de sustancia.

En los medios y las redes caracterizaron las escenas: “Fue en manada”. Sin mediaciones del horror vivido por cada una, con el antecedente de “La Manada” de San Fermín de 2016, cuando 5 varones violaron y filmaron a una turista en el portal de un edificio. Violaciones. Manadas. Cuerpos disponibles y dominación. Espacios de violencia expresiva y simbólica entre machos que parecen asfixiar cualquier otro intento de análisis.

Qué pasaría si dejáramos de pensar desde una perspectiva simbólica y hacemos un análisis materialista, feminista y posthumano, se pregunta la filósofa Paula Fleisner, que cuestiona la concepción de manada y la manera en que rápidamente se la apela como lugar común de la cultura, al suponer que todo se reduce a un instinto atávico.

    → “Y la violación como punto de reflexión, en la medida que encarna una paradoja del sistema capitalista, patriarcal y especista. La figura de la violación es el lugar donde aparecen las contradicciones del modo más flagrante.”



¿Por qué criticar el término manada?

-Me parece que la filosofía puede perfectamente disputar el sentido de esa palabra. Podríamos mencionar a Félix Guattari y la idea de manada como un espacio de encuentro que no está regido por el binarismo de las construcciones societales humanas. Por otra parte, estos casos son excepcionales en relación con las violaciones intrafamiliares cotidianas que fueron legitimadas en el Senado por uno de nuestros senadores (n.de la r.: Rodolfo Urtubey, durante los debates por la legalización del aborto). Como especialista en filosofía de la animalidad me niego a que usemos el término manada en este caso porque los animales no son eso, una manada no funciona así. La jauría no viola.

¿Es problema de interpretación simbólica?

-Suponer que llamar manada a un grupo de varones producto perfecto de una sociedad hija de la Ilustración, por decirlo así, es justificar el patriarcado como si fuera un estado de cosas parecido al aire que respiramos y que por lo tanto no se puede modificar. Entender que lo que ocurre en los ataques grupales es un desenfreno atávico es como hacer una interpretación idealista y humanista en el sentido de asumir la separación entre la naturaleza y la cultura.

La mediatización de la idea de manada resurge a partir de una violación colectiva en España en 2016, en el Día de San Fermín.

-Es curioso, ocurre en esa fiesta donde hay un animal que supuestamente es liberado. Y aparece todo un simbolismo detrás de la animalización de ciertas conductas que no son animales, son culturales, históricas, construidas gracias a un sistema de creencias patriarcal que asume la inferioridad de las mujeres. Pero no es primitivismo, ese tipo de comportamiento es lo más contemporáneo que hay.

    → Doctora en Filosofía por la UBA, investigadora adjunta del Conicet, Paula Fleisner es docente en las materias Problemas especiales de Estética y Filosofía de la Animalidad en el Departamento de Filosofía de la UBA, e integrante del colectivo Ni Una Menos y la Colectiva Materia.
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En su estudio sobre la disponibilidad de los cuerpos femeninos en la mitología indaga sobre las conductas colectivas humanas.

-El mito sirve para pensar ciertas conductas colectivas, explicarlas, darle un sentido al pasado y además proyectar ciertas líneas legítimas de acción. En la mitología hay un proceso en el que las diosas madres son reemplazadas por la figura de la Core, la muchacha joven, raptable y violable, vulnerable y vulnerada. Configura el momento histórico cuando se reemplaza una mitología vinculada con las divinidades femeninas por el panteón y Zeus, algo así como el padre del patriarcado, y la disponibilidad de los cuerpos femeninos en todas sus formas. ¿Por qué habríamos de asumir esa dimensión inamovible y pensar que lo único que hace una violación es construir simbólicamente las masculinidades? La disponibilidad de los cuerpos femeninos es sobre todo material.

Pero la violación es un lenguaje.

Por supuesto, pero también hay que entenderlo en términos materiales. Disponibilidad material de los cuerpos también significa que reproduce cárnicamente hablando las masculinidades. Es decir, llevamos a cabo la tarea de “perpetración de la especie”. No es que sólo la perpetuamos sino que perpetramos el patriarcado materialmente. Si perdemos esa dimensión que llamo material y hacemos sólo un análisis simbólico, lo limitamos a la manifestación de un orden total. El símbolo trata de neutralizar y gobernar esa relación siempre inestable entre el pensamiento humano y el mundo, y decretar que eso que existe es inamovible. Las violaciones en “manada” no son manifestaciones de un todo natural. Son síntomas -en el sentido de reivindicar ese aspecto azarozo-, no símbolos del patriarcado.

“Mirá cómo me ponés” se convierte en la legitimación del lugar común de una actitud instintiva e irracional.

-¡Pero es lo más racional que hay! Es la modernidad y en realidad se trata de un sistema de dominio: eso es el capitalismo. El capitalismo es un humanismo, el humanismo es un especismo y el especismo es machismo. Porque lo que está en la cúspide de la pirámide es el varón heterosexual y blanco. En ese sentido, lo interesante los movimientos feministas es que combaten esa consideración de la mujer como recurso natural.

El extractivismo y los cuerpos de las mujeres como territorios en disputa con el poder patriarcal y colonial.

-Esa es la cuestión central. Hay una disponibilidad material de los cuerpos en general en función del varón, que es el sistema de producción y explotación que se inaugura con el capitalismo. Hablamos de la necesidad de ampliar círculos de inmunidad. Y de la idea de ampliación de los derechos, la lucha de la mujer por convertirse en sujeto. Pero algunos feminismos dejan de pensar ese problema y plantean que si no somos sujetxs entonces será que somos capaces de construir sociedades políticas que no estén sometidas a esa lógica de la jerarquía y la oposición, donde siempre hay uno que tiene que estar disponible para el otro.

VIDAS SIN FORMAS

Fragmento de la Dialéctica de la Ilustración de Theodor Adorno y Max Horkheimer, “Hombre animal” plantea el lugar que ocupan los animales en el capitalismo, entendido como un dominio sobre la naturaleza, y sostiene que la mujer nunca llegó a ser sujeto en un sentido dominante porque siempre fue relegada a su función biológica. “La disponibilidad concreta de los cuerpos femeninos es biopolítica desde el comienzo de los tiempos”, remarca Fleisner.

Una expropiación que se amplifica en los territorios más empobrecidos.

-Exacto. Ahí hay que atravesar un linaje distinto de feminismos que no están necesariamente ligados a las tradiciones de las sufragistas, que tenían otros problemas, y que están vinculados con territorios donde es evidente que a nosotras nos hacen morir y nos dejan morir, como me dijeron hace un tiempo las mujeres de la Villa 21-24 a propósito de Calibán y la bruja, de Silvia Federici, y que básicamente somos un cacho de carne disponible como las vacas o las chanchas. Es buena la intervención que hace Giorgio Agamben respecto de Foucault cuando expresa que la biopolítica existe desde el comienzo de los tiempos y hay un punto oscuro de confluencia entre el poder soberano y el poder biopolítico, que es lo que llama “la vida desnuda” y lo vincula al homo sacer, esa figura perdida del derecho romano, que podríamos decir son los cuerpos femeninos y feminizables que desde siempre pierden sus formas, porque no son formas de vida sino vidas sin formas y que además están siempre disponibles para su eventual asesinato.

¿Una línea de biopolítica de género donde esos cuerpos toman otras significaciones?

-Es posible pensar esa disponibilidad material a partir de la confluencia de algunas ideas de estos pensadores tergiversadas para un uso feminista materialista y en mi caso, posthumanista. Dejando claro que todo este análisis ontológico o político es paralelo a las estrategias jurídicas. Pero si concebimos que la única reivindicación posible para las mujeres o los cuerpos femeninos es el de persona, en el sentido de una necesidad de ampliar nuestros derechos, estamos queriendo hacer un análisis antipatriarcal asumiendo que el patriarcado es lo único que existe. El aprendizaje de los movimientos feministas y la incorporación de todas las reivindicaciones de otras minorías tiene que ver con que estamos entendiendo que no se trata de ampliar un círculo de inmunidad sino de romper con esa idea de organización.

No se trata de un feminismo reformista sino de uno revolucionario.

-O revoltoso. No dejemos de ir a los tribunales pero no le pidamos a la policía que nos proteja. No les pidamos a nuestros padres, que son los que nos violan, que nos protejan de los potenciales violadores, de las jaurías enloquecidas. Porque ahí hay un problema. La Justicia es constitutivamente patriarcal, entonces tenemos que inventar otra forma de Justicia, en la que no sea necesario reivindicar el lugar de la persona. Las lógicas de existencia son muy diversas. No se trata de incluirnos entre las potenciales detentadoras del poder de extraer, sino abolir el extractivismo en todos sus niveles, no sólo en el cuerpo de las mujeres en general.

Más allá de la espectacularización de los abusos sexuales grupales, en esas escenas pactadas parece operar un sistema donde unos perpetran, otros observan o esperan su turno, y todos van conformando una estética de la violencia.

-Se puede hablar de una estetización y también tiene que ver con las relaciones jerárquicas, donde pareciera que es un sistema que funciona autónomo, sin responsables. Es una especie de coreografía que se monta sola y se desarrolla. Pero es la lógica a la que estamos acostumbradxs, no es algo excepcional. El modo en que funcionan estas violaciones responde a lógicas de existencia cotidianas.

¿Cómo se entienden esos cuerpos abusados?

-Como materia inerte, moldeable, susceptible, necesitada de una forma impuesta desde afuera. La mujer ha sido siempre asimilada a esa función biológica entendida como algo del orden de una materialidad disponible. Y la violencia garantiza ese dominio. El extractivismo no se impone sino a través de la violencia.

Y genera los fenómenos de desprecio y crueldad colectiva sobre esos cuerpos.

Es la reproducción del sistema en distintos niveles. El hecho de que los cuerpos femeninos estén disponibles para hacer las peores tareas, para tener hijos, para ser eventualmente acosadas, abusadas, violadas o asesinadas es parte de la misma circulación de los varones heterosexuales, blancos, primermundistas, ricos, donde la violencia es el sostén. Y la violación es un punto ciego de ese sistema, porque hace entrar en colisión dos ideas contrapuestas que tiene el patriarcado sobre el cuerpo femenino. Por un lado está disponible y es una materia inerte, y por otro lado es un cuerpo connotado como sagrado. Molesta en forma sistemática porque o es de libre uso o es separado para su contemplación.

Esto se manifestó con brutalidad durante los debates por la legalización del aborto.

-Todo esto nos remite a los debates en torno del derecho al aborto. Que no puede legalizarse porque justamente es poner un límite a esa disponibilidad infinita. Y genera que nosotras tengamos la dinamis, el concepto de potencia griego, la posibilidad de abstenerse, de no pelear por la obtención del poder, sino porque lo que podemos sea diverso. Que tengamos la capacidad de decidir es realmente un límite a la violencia. Porque podemos elegir no perpetrar más la especie. Gozar y decidir que acá no nace nadie más. Ese es el terror que nos tienen.

Aún nos debemos pensar las maneras de lidiar con la revictimización de las víctimas.

-Nos tiene que interesar que no se trata de alguien determinadx, no importa tanto quién era esa adolescente o esa mujer, sino que somos cualquiera de ellas. Son casos que valen por todas. Por lo tanto la idea “Tocan a una, tocan a todas” funciona a ese nivel. Por eso no necesitamos pactos, porque no somos individuxs en ese sentido. No somos “una” mujer, somos cualquier mujer. Hay ahí algo que permitiría pensar modos políticos muy distintos y además dejar de pensar en la reconstrucción de la vida de la víctima. Y no funcionaría con la lógica de la venganza que aparece entre varones sobre ese cuerpo.

Que se relaciona con el efecto disciplinador de las agresiones sexuales.

-Creo que como el poder disciplinador es un poder biopolítico de poblaciones, no se trata nada más que de un disciplinamiento sino que es la administración desde siempre de la vida biológica de las mujeres. En el caso de las mujeres y los cuerpos feminizados, hay un azar en la elección de la víctima desde el poder biopolítico porque lo que importa es aislar determinado rasgo que es el que sirve para perpetrar el sistema de dominio y no necesita proteger toda tu vida o las de todas las mujeres, precisamente porque lxs individuxs no importan. En ese sentido esto es responsabilidad del Estado entendido como el modo de gobierno soberano, donde hay políticas de administración de las poblaciones que funcionan de tal o cual manera. No es una cuestión moral, ética ni religiosa. Es política-pública en la manera que todos los cuerpos, el cuerpo de cualquier mujer, está siempre ahí, disponible. Y las Core, jóvenes, vulnerables, son las que garantizan el funcionamiento del sistema.

Ciertas condenas sólo buscan apalear los efectos negativos de ese sistema.

-Las mujeres no podemos sobrevivir de esa manera. No alcanza con poner paños fríos a las situaciones de mayor vulnerabilidad. No podemos seguir viviendo bajo una única lógica de existencia, la del dominio y el extractivismo. Sujetadas. No queremos estar sujetadas; no me reivindicaría como individua en ese sentido. Y es de esa manera en la que se puede entender que el feminismo no puede ser un oenegeísmo cómplice del neoliberalismo, porque no son las libertades individuales de lo que estamos hablando. O nos salvamos todxs o no se salva nadie. Y con todxs me refiero al planeta. Hay una potencia tan grande en esa conexión, que por eso se nos están viniendo encima. Porque realmente estamos imaginado modos posibles de cambiarlo todo.

El aire irrespirable
Por Roxana Sandá










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domingo, 6 de enero de 2019

CRÍMENES de GÉNERO y EXCESOS de PODER





La antropóloga feminista Rita Segato es una apasionada de la conversación. Es notable cómo, a partir del diálogo, va construyendo pensamiento. Cuando empezó a trabajar primero con los presos condenados por violación en la penitenciaria de Brasilia, pensó que sería una situación excepcional y pronto abandonaría el tema. Pero desde entonces, hace ya más de dos décadas, viene estudiando y tratando de entender la violencia contra las mujeres y en particular los crímenes sexuales. En una entrevista con Página 12, se explayó sobre las motivaciones que empujan a los hombres que cometen violaciones, sobre la sucesión de episodios similares que se dan últimamente y sobre la mirada que tiene la Justicia frente a esta clase de hechos. “Tratan el sufrimiento de las mujeres como un ‘crimen menor’ y eso es constatable. Necesitamos avisarles, hacerles percibir”, dice en referencia a los operadores judiciales.

En la última semana, las violaciones grupales que se sucedieron en el país la empujaron a volver sobre el tema.

“El de género es un crimen de exceso de poder”

Desde hace años viene hablando de la fatria masculina, del comportamiento imitativo de los hombres en búsqueda de exhibición y de potencia en los crímenes sexuales. "Defiendo en mis textos el crimen de género como un crimen no instrumental sino ‘expresivo’. Expresa la capacidad de dominio y control de la posición masculina. Es, por eso mismo un crimen territorial. Si tiene una utilidad, esa utilidad es ‘expresiva, comunicativa’. Expresa dueñidad, y dirige ese enunciado a los ojos de los pares en la corporación masculina. Es un crimen, en ese sentido, autorreferido”, señala la antropóloga. Segato entiende esas conductas como parte de un mandato corporativo de la masculinidad. Lo dijo una y tantas veces. Pero ahora su pensamiento se volvió visible. También ha dicho que las violaciones en grupo, en manada, que se reiteran, no son respuesta al creciente activismo feminista sino a la “precarización de las masculinidad por la precarización de la vida”. “Entonces, la masculinidad exhibe su trasfondo, en la avidez por mostrar una potencia que ya no puede alcanzar. La capacidad de adueñamiento, indispensable para la titulación masculina, para la adquisición del prestigio masculino, solo se obtiene hoy con violencia”, explica otra vez.

“La violencia aflora cuando los métodos no violentos ya no existen para el adueñamiento, que es la estructura y el lenguaje en un mundo de dueños, como es el mundo de hoy, cuando no se alcanza el control territorial y de los cuerpos mediante otros tipos de potencia, como la económica, la política, la moral o la intelectual... y según algunos psicoanalistas que he escuchado, inclusive la potencia sexual está severamente comprometida hasta en los más jóvenes”, dice a PáginaI12. Su producción académica abarca numerosos libros, el último, Contra-pedagogías de la crueldad (Buenos Aires: Prometeo, 2018).

–¿Por qué ha afirmado que la Justicia tiene dificultades en procesar la violencia machista?

–Como digo siempre, es evidente que a los ojos de la práctica del Derecho el crimen de género es un “crimen menor”, y esa idea es ya un concepto en mi vocabulario, una categoría crítica que es indispensable acercar a los oídos de los operadores del Derecho. Tratan el sufrimiento de las mujeres como un “crimen menor”, y eso es constatable. Necesitamos avisarles, hacerles percibir. Voy a recordar una anécdota personal. Corría el año 1993 cuando me presenté ante el director de la Penitenciaria de Brasilia para convenir con él cómo iría a realizar, junto a un equipo de estudiantes, una larga serie de entrevistas con internos ya sentenciados por violación. Se trataba de un proyecto pedido por el secretario de Seguridad Pública al rector de la Universidad de Brasilia. Durante esa primera visita a la cárcel, el director me ofreció un café mientras conversábamos. En su despacho, un hombre de media edad escribía a máquina. El director lo llama para servir el café. Cuando salíamos, el director bajó la voz y me dijo: “Es un interno. Pero nos ayuda aquí en la Dirección. Es médico. Lo que le pasó le podría haber pasado a cualquiera. Mató a la mujer”. La frase fue un vislumbre de lo que me viene mal asombrando hasta aquí y que, no por coincidencia, nos ocupa ahora. Para que no se piense que se trata de un caso excepcional, esa escena se repitió muchos años después en la Cárcel de Campana, provincia de Buenos Aires. La visité en 2007 con el profesor Rodolfo Brardinelli, de la Universidad de Quilmes, pues nos encontrábamos desarrollando el proyecto “Habla preso. El derecho humano a la palabra en la cárcel”, inspirado en el proyecto homónimo que realicé en Brasilia después de que la investigación con violadores me reveló la total y absoluta falta de promoción de la práctica reflexiva y responsable dentro de la institución penal. Allí, en el comedor al que fuimos convidados a almorzar, se presentó un hombre ya de edad trayendo los platos. Nuevamente, como en la escena anterior, al ausentarse, el director nos explicó en voz baja, por delicadeza hacia el interno: “Es muy mayor y nos ayuda en la cocina. Es que no es peligroso. Está preso solamente porque invitaba a dos nenas de la calle a ver películas pornográficas con él”. No sé sobre el resto de los presentes, pero la repugnancia hacia la mano que me sirvió el almuerzo me impidió comer.

–Muy estremecedoras las dos escenas. ¿Por qué a las respectivas direcciones penitenciarias les parecieron inofensivos estos dos convictos?

–Porque un agresor de género no colocará en riesgo la propiedad ni la vida de los propietarios. Es decir, no se trata de un delincuente peligroso para los bienes y sus dueños. En este sentido, abogados y directores de cárceles ven el crimen de género como un crimen de otro tipo, lo clasifican de otra forma. Por un lado, en su fuero íntimo, no acceden a concebirlo como un crimen “contra las personas” y no construyen la imagen de su perpetrador como una figura amenazadora para la sociedad. En otras palabras, no lo perciben como una figura que amenaza bienes jurídicos de valor universal y de interés general. La figura masculina encarna e iconiza el bien jurídico de valor universal y de interés general. La figura femenina es leída por el sentido común como bien jurídico de valor particular, de interés privado.

–Siguiendo su razonamiento... ¿es posible que por esa razón ni la sociedad en general ni los operadores del Derecho consiguen digerirlo o ubicarlo en donde debe estar clasificado, como un crimen en la plenitud de ese concepto?

–Claro. De allí se desprende que la víctima de este crimen, la víctima sexual, en general una víctima con cuerpo de mujer, aunque no siempre, no se constituya ante el ojo público como una persona plena, no alcance el status de un ciudadano pleno, de un sujeto pleno. Ese efecto, a su vez, se acentúa como consecuencia de la estructura binaria del orden patriarcal moderno, orden monopólico, unitario. El orden patriarcal moderno es binario, y su estructura es diferente a la estructura dual del orden comunal. En la transición a la modernidad, el espacio doméstico comunal, que no era ni íntimo ni privado, se privatiza. De esa forma, el ámbito que, en un imaginario arcaico, es el espacio vital de las mujeres, su espacio de tareas y sociabilidad, experimenta una caída abrupta de prestigio y poder. Se transforma en el otro del ágora de la política y del Derecho, residual y despolitizado. Eso explica la situación despolitizada, privatizada, residual, marginal de la vida de las mujeres en el ojo estatal y, por lo tanto, también en el ojo de los fiscales y los jueces, salvando excepciones.

–Es decir, nuestras vidas, finalmente, frente a la mirada estatal no han importado históricamente, por no pertenecer al orden público...

–Exacto. A partir de la privatización del espacio doméstico como íntimo y expropiado de su politicidad propia, que en el mundo comunal tenía y todavía tiene, todo lo que nos sucede a las mujeres, desde la agresión sexual hasta el feminicidio, pasa a ser capturado por la intimidad y referido a la libido sexual. Es por eso que la queja femenina no es audible a los tímpanos del Estado: porque nosotras las mujeres, a no ser que hagamos un gran esfuerzo de simulación, no pertenecemos al orden público, habitamos otro espacio, especialmente cuando figuramos en el papel de víctima –“no se ha agredido un ciudadano”, “no se ha asesinado un ciudadano”–, el agresor no ofrece peligro al bien jurídico de interés universal. De una forma muy concisa, ésa es la estructura que se encuentra por detrás del “crimen menor”.

–Se supone, de todas formas, que los y las operadores de la Justicia deberían tener una formación y capacitación que les permita entender esos crímenes con otra mirada…

–Lamentablemente no la tienen. Lo que me espanta, por encima de todo, es la flagrante indistinción entre la mentalidad de un juez, una fiscal, y la mentalidad del sentido común. El sentido común de los operadores del derecho no se distingue del sentido común de cualquier hijo de vecino. No hay, como sí hay en otras profesiones, un “sentido común jurídico”, es decir, alimentado por el saber jurídico y, por eso, infelizmente, jueces y fiscales actúan como “operadores de la costumbre” y no del derecho, cuando se trata de crímenes de género. Hablar de violencia de género con un juez –e incluyo aquí a los más prestigiosos que hemos tenido– es lo mismo que hablar sobre el tema con un empleado público, un físico, un panadero. Los operadores del Derecho deben entender que las agresiones sexuales no son un tema de la libido, sino un tema del poder, del control, del mandato de masculinidad que domina la sociedad y las instituciones, que es un mandato de potencia y de crueldad, de insensibilidad, de entrenamiento para la falta de empatía. Un entrenamiento cuya escuela es el cuerpo de la mujer.

–Usted señala que la doctrina del garantismo jurídico no ha comprendido que las garantías en el caso de la violencia de género deben operar en sentido contrario. ¿A qué se refiere?

–La justicia garantista se ha pautado por una idea de equidad: garantizar la justicia para quien se encuentra en el lado negativo de la ciudadanía, por los desempoderados, los perjudicados por la historia. Pero no procede de la misma forma cuando se trata de género. Ahí pasan a pensar en términos de ciudadanía general. De una ciudadanía que, en realidad, no existe. Por detrás de la justicia garantista y del ideal no punitivista, se encuentra, sin ser nombrada, la perspectiva de la discriminación positiva. Si no existiera en su foco alguna noción de vulnerabilidad de quien cae preso, condenado, no tendría por qué levantar la bandera de las garantías, pues sería, en verdad, redundante. Quien cae preso por crímenes contra la propiedad y contra la vida de las personas detentoras de propiedad y dignidad, o, en muchos casos, de propiedad como dignidad, es como ya muchos hemos mostrado, pobre y no blanco: sujetos subalternos y desposeídos. El garantismo en el tema de los crímenes de género debería proceder en sentido contrario, pues la contracorriente, la verdadera discriminación positiva, se encuentra del otro lado del crimen: el poderoso es el perpetrador, que precisamente delinque para reproducir, demostrar y espectaculizarse en la posición de dominio que su masculinidad le confiere a los ojos de los otros hombres y de la sociedad en general. El crimen de género es un crimen de exceso de poder y la vulnerabilidad se encuentra del lado de la víctima, que es quien necesita de la discriminación positiva, que es quien necesita de la acción afirmativa, pues es quien no ha adquirido todavía el estatus de ciudadanía plena. Y las pruebas son una gran cantidad de sentencias que no registran ni garantizan la dignidad de persona plena para las mujeres.




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