Muchas de las fotos de este blog son de Ramiro Sisco con la comunidad Pilagá, en Las Lomitas, provincia de Formosa, Argentina.
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martes, 22 de enero de 2013

DARCY RIBEIRO y la conciencia latinoamericana






Hace ya un buen tiempo –en febrero se cumplen 16 años– que Darcy Ribeiro cometió la suprema indelicadeza de dejarnos. Tenía 75 años. Fue antropólogo (decía que sus mejores tiempos fueron los pasados entre indígenas en la Amazonia), profesor, autor de ensayos polémicos, novelista, militante, vicegobernador de Río de Janeiro, donde creó un sistema de educación pública universal en régimen de tiempo completo. Antes del golpe militar de 1964 que instauró la dictadura que lo detuvo y luego lo exilió, fue jefe de Gabinete, creó –junto a un equipo especialmente brillante de su generación– la Universidad de Brasilia y fue su rector. Durante su largo exilio peregrinó por Uruguay, Chile, Venezuela, Perú, Costa Rica, México. Asesoró a Salvador Allende en Santiago y a Velasco Alvarado en Lima, fue consultor distinguido de la ONU. Murió siendo senador de la República. Decía que era, en primer lugar, educador. Creo que 75 años es un tiempo demasiado corto para tanta vida.

Trató de entender el Brasil y revelarlo. Parte de ese esfuerzo descomunal quedó registrado en su último libro, El pueblo brasileño, que originó una espléndida serie de diez documentales exhibidos por la televisión brasileña, Los brasileños, dirigidos por Isa Grinspum. Es, quizás, el más completo resumen de ese intento de entender los mecanismos que por siglos impidieron a mi país de ser lo que podría ser.

También trató de entender América latina. Era un preguntón insaciable, que disparaba dudas a sus contemporáneos, a la historia, a sí mismo. Su obra sobre el continente –Las Américas y la civilización y El dilema de América Latina son referencias desde hace décadas– ayudó a formar generaciones en nuestros países.

Fue el más latinoamericano de los intelectuales brasileños, siempre tan lejanos y alejados de sus vecinos. En octubre del año pasado, para celebrar los 90 años que él no alcanzó cumplir, se publicó en Brasil una nueva edición de su libro América Latina: la Patria Grande. Son textos escritos entre mediados de los años ’70 y principios de los ’80 del siglo pasado. Tiempos de torbellino, cuando la inmensa mayoría de nuestros países se sofocaba bajo dictaduras de mayor o menor ferocidad, otros padecían el tormento de guerras civiles genocidas y unos pocos, como islas aisladas, vivían tiempos de presionada democracia.

Lo más impresionante de ese pequeño volumen es que, después de décadas y a pesar del natural desfase de algunos datos, sigue siendo el testimonio visionario de ese ardoroso defensor de la inexistencia de lo imposible. En varios aspectos es como si Darcy, al perseguir respuestas, anticipase en sus preguntas lo que ocurriría en nuestras comarcas y al mismo tiempo exigiese los cambios que no alcanzó a ver. La esencia de su contenido permanece inalterada, como inalterada sigue siendo la urgencia de sus reclamos.

Defendió con tenacidad juvenil que el futuro de nuestras gentes está inevitablemente vinculado con asumir nuestra identidad a la vez una y diversa. Que hacemos parte de una determinada realidad, y que son mucho más nuestros puntos de convergencia que de divergencia. Que, separados, no seremos nada.

Hoy, son palabras que integran la solemnidad de los discursos oficiales. En tiempos de Darcy Ribeiro eran palabras peregrinas de quien no creía en lo imposible.

En Brasil, ha sido el que mejor incorporó la visión de Patria Grande. Así vivió sus años de exilio: actuando en los países que le dieron guarida, participando en el cotidiano, en los procesos políticos, culturales y sociales. Su manera de ver el mundo y vivir la vida rechazaba la contemplación lejana y estéril, la serenidad de los conformados, el silencio de los omisos.

Quería entrar a fondo en la realidad, entenderla, para poder cambiarla. De cada país en que vivió trajo marcas definitivas. Y en cada uno de ellos dejó sus huellas.

Quiso entender los procesos de formación de América latina a partir de un prisma nuestro, latinoamericano. Se negó a renunciar al derecho de tener una mirada propia, interior, sobre el continente.

Insistió, hasta el final, en creer en la necesidad urgente y perenne de cambios profundos en la región, para que alguna vez nos sea posible ser lo que podemos ser, y no lo que quieren que seamos. Algo parecido a los procesos que algunos de nuestros países viven, atendiendo a sus demandas iracundas.

El legado de Darcy Ribeiro tiene un precio, que es nuestro compromiso: saber merecer lo que preconizó, defendió, soñó y creyó.

Por primera vez vivimos una etapa de rechazo a la negación y de apuesta en la reivindicación. Pueblos sometidos a humillaciones infames por fin toman sus destinos en las manos para construir el futuro.

Darcy fue un hombre de pasiones incendiadas, y el sueño de la Patria Grande fue pasión permanente.

Una vez me dijo: “En América latina seremos todos resignados o indignados. Y no me resignaré nunca”.

Cumplió. Hay que merecer esa indignación, esa memoria.




domingo, 22 de enero de 2012

CHURITA, MARIANA BARAJ






Primero fue Lumbre, en 2002. Luego vinieron Deslumbre, en 2005; Margarita y Azucena, en 2007; y el último álbum, Churita, de 2010.

Se encuentran en esta, su última obra, tanto las diversas influencias de las que supe nutrirse más todo lo aprendido en su recorrido musical hasta hoy. Desde lo ancestral y rural, hasta cierta urbanidad, con pequeños guiños al rock y el jazz.

Churita está hecho de nueve canciones escritas en su totalidad por Mariana Baraj, que además de cantar con su voz tan particular, grabó percusiones, aerófonos, kalimba, charango, violín toba, y estuvo a cargo de toda la producción artística.

Hay muchos timbres y colores del norte argentino, con su correlato en la presentación gráfica que estuvo a cargo del célebre fotógrafo Marcos López (fotos y arte), y Martín Churba (estilo y vestuario).

Aparecen músicos invitados en distintos instrumentos, como Alejandro Franov (acordeón y arpa), Marcelo Baraj (percusiones) y la participación especial de Fernando Ruiz Díaz (Catupecu Machu) que puso el canto en dos tracks del álbum, también su guitarra eléctrica y charango.

En su totalidad es una grabación bastante naturalista, de sonido principalmente acústico, casi sin sobregrabaciones, pero con detalles y arreglos bien logrados. Así es como se refleja cierto aire folklórico, y tiene que ver con las composiciones que ya vienen con ritmos y melodías de las diferentes latitudes sonoras de Sudamérica. Ese cruce de caminos explica estas canciones, que llevan los colores saturados del continente, creando un sincretismo entre lo popular y lo urbano.

Pero no se trata de un conjunto de temas tradicionales, sino la visión actual y singular de Mariana sobre un mapa musical cercano y querido, sin mayores fronteras.

La obra en que es autora de todos los temas estrena a además su propio sello Cardonal, con ésta edición y la reedición de su primer disco Lumbre, el cual recuperó tras varios años de estar descatalogado en otro sello. Su independencia actual la reposiciona más alto que nunca.






1. La Guada
2 .Brisita
3 .Churita
4 .Nadie
5 .Alma De Niño
6 .Gualicho
7 .Orilla
8 .Vidalita
9 .Mismomar



Músicos:

Mariana Baraj
Voces, percusión, charango, nbiqué, kalimbas y aerófonos.

Juan Pablo Chapital
Guitarras

Quique Ferrari
Bajo eléctrico, contrabajo y voz

Marcelo Baraj
Percusión

Alejandro Franov
Acordeón y arpa

Fernando Ruiz Díaz
Voz, guitarra eléctrica y charango

Grabado entre Junio y Agosto de 2009.











miércoles, 12 de octubre de 2011

COLÓN





12 de octubre de 1492, Guanahaní


Cae de rodillas, llora, besa el suelo. Avanza, tambaleándose porque lleva más de un mes durmiendo poco o nada, y a golpes de espada derriba unos ramajes.

Después, alza el estandarte. Hincado, ojos al cielo, pronuncia tres veces los nombres de Isabel y Fernando. A su lado, el escribano Rodrigo de Escobedo, hombre de letra lenta, levanta el acta.

Todo pertenece, desde hoy, a esos reyes lejanos: el mar de corales, las arenas, las rocas verdísimas de musgo, los bosques, los papagayos y estos hombres de piel de laurel que no conocen todavía la ropa, la culpa ni el dinero y que contemplan, aturdidos, la escena.

Luis de Torres traduce al hebreo las preguntas de Cristóbal Colón:

—¿Conocéis vosotros el Reino del Gran Kahn? ¿De dónde viene el oro que lleváis colgado de las narices y las orejas?

Los hombres desnudos lo miran, boquiabiertos, y el intérprete prueba suerte con el idioma caldeo, que algo conoce:

—¿Oro? ¿Templos? ¿Palacios? ¿Rey de reyes? ¿Oro?

Y luego intenta la lengua arábiga, lo poco que sabe:

—¿Japón? ¿China? ¿Oro?

El intérprete se disculpa ante Colón en la lengua de Castilla. Colón maldice en genovés, y arroja al suelo sus cartas credenciales, escritas en latín y dirigidas al Gran Kahn. Los hombres desnudos asisten a la cólera del forastero de pelo rojo y piel cruda, que viste capa de terciopelo y ropas de mucho lucimiento.

Pronto se correrá la voz por las islas:

—¡Vengan a ver a los hombres que llegaron del cielo! ¡Tráiganles de comer y de beber!











domingo, 27 de febrero de 2011

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