Muchas de las fotos de este blog son de Ramiro Sisco con la comunidad Pilagá, en Las Lomitas, provincia de Formosa, Argentina.
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lunes, 11 de octubre de 2021

QUÉ HACER CON EL MIEDO

 


    “Uno de los errores más terribles que podemos cometer mientras estudiamos, como alumnos o maestros, es retroceder frente al primer obstáculo con que nos enfrentamos, no asumir la responsabilidad que nos impone la tarea de estudiar...”
Paulo Freire
                                    

Texto del educador y filósofo Paulo Freire, publicado en el año  1993,  en el libro "cartas a quem ousa ensinar

Creo que el mejor punto de partida para este tema es considerar la cuestión de la dificultad, la cuestión de lo difícil y el miedo que provoca.

Se dice que alguna cosa es difícil cuando el hecho de enfrentarla u ocuparse de ella se convierte en algo penoso, es decir, cuando presenta algún obstáculo. «Miedo», según la definición del Diccionario Aurélio, es un «sentimiento de inquietud frente a la idea de un peligro real o imaginario». Miedo de enfrentar la tempestad. Miedo de la soledad. Miedo de no poder franquear las dificultades para finalmente entender un texto.

Siempre existe una relación entre el miedo y la dificultad, entre el miedo y lo difícil. Pero en esta relación evidentemente se encuentra también la figura del sujeto que tiene miedo de lo difícil o de la dificultad. El sujeto que le teme a la tempestad, que le teme a la soledad o teme no conseguir franquear las dificultades para entender finalmente el texto, o producir la inteligencia del texto.

En esta relación entre el sujeto que teme y la situación u objeto del miedo existe además otro elemento constitutivo que es el sentimiento de inseguridad del sujeto temeroso. Inseguridad para enfrentar el obstáculo. Falta de fuerza física, falta de equilibrio emocional, falta de competencia científica, ya sea real o imaginaria, del sujeto.

La cuestión que aquí se plantea no es negar el miedo. Aun cuando el peligro que lo genere sea ficticio, el miedo en sí, sin embargo, es concreto. La cuestión que se presenta es la de no permitir que nos paralice o nos persuada de desistir fácilmente, de enfrentar la situación desafiante sin lucha y sin esfuerzo.

Frente al miedo, sea de lo que fuera, es preciso que primeramente nos aseguremos con objetividad de la existencia de las razones que nos lo provocan. En una segunda instancia, si éstas existen realmente, que las comparemos con las posibilidades de las que disponemos para enfrentarlas con probabilidades de éxito. Y por último, que pensemos qué podemos hacer para, si éste es el caso, aplazar el enfrentamiento del obstáculo y volvernos más capaces de hacerlo mañana.

Con estas reflexiones quiero subrayar que lo difícil o la dificultad están siempre relacionados con la capacidad de respuesta del sujeto que, frente a lo difícil y a la evaluación de sí mismo en cuanto a la capacidad de respuesta, tendrá más o menos miedo o ningún miedo o miedo infundado o, reconociendo que el desafío sobrepasa los límites del miedo, se hundirá en el pánico. Éste es el estado de espíritu que paraliza al sujeto frente a un desafío que reconoce sin ninguna dificultad como absolutamente superior a cualquier intento de respuesta: tengo miedo de la soledad y me siento en pánico en una ciudad asolada por la violencia de un terremoto.

Aquí me gustaría ocuparme solamente de las reflexiones en torno al miedo de no comprender un texto de cuya inteligencia precisamos en el proceso de conocimiento en el que estamos insertos en nuestra capacitación. El miedo paralizante que nos vence aun antes de intentar, más enérgicamente, la comprensión del texto.

Si tomo un texto cuya comprensión debo trabajar, necesito saber: a] si mi capacidad de respuesta está a la altura del desafío, esto es, del texto que debe ser comprendido; b] si mi capacidad de respuesta es menor, o c] si mi capacidad de respuesta es mayor.

Si mi capacidad de respuesta es menor, no puedo ni debo permitir que mi miedo de no entender me paralice y que, considerando mi tarea como imposible de ser realizada, simplemente la abandone. Si mi capacidad de respuesta es menor que las dificultades de comprensión del texto, debo tratar de superar por lo menos algunas de las limitaciones que me dificultan la tarea con la ayuda de alguien, y no sólo con la ayuda del profesor o la profesora que me indicó la lectura. A veces ésta exige alguna convivencia anterior con otro que nos prepara para un paso posterior.

Uno de los errores más terribles que podemos cometer mientras estudiamos, como alumnos o maestros, es retroceder frente al primer obstáculo con que nos enfrentamos, no asumir la responsabilidad que nos impone la tarea de estudiar, como se impone cualquier otra tarea a quien deba realizarla.

Estudiar es un quehacer exigente en cuyo proceso se da una sucesión de dolor y placer, de sensación de victoria, de derrota, de dudas y alegría. Pero por lo mismo estudiar implica la formación de una disciplina rigurosa que forjamos en nosotros mismos, en nuestro cuerpo consciente. Esta disciplina no puede sernos dada ni impuesta por nadie —sin que eso signifique desconocer la importancia del papel del educador en su creación—. De cualquier manera, o somos sujetos de ella, o ella se vuelve una mera yuxtaposición a nuestro ser. O nos adherimos al estudio como un deleite y lo asumimos como una necesidad y un placer o el estudio es una pura carga, y como tal, lo abandonamos en la primera esquina.

Cuanto más asumimos esta disciplina tanto más nos fortalecemos para superar algunas amenazas que la acechan y que acechan, por lo tanto, a la capacidad de estudiar eficazmente.

Una de esas amenazas, por ejemplo, es la concesión que nos hacemos a nosotros mismos de no consultar ningún instrumento auxiliar de trabajo como diccionarios, enciclopedias, etc. Deberíamos incorporar a nuestra disciplina intelectual el hábito de consultar estos instrumentos a tal punto que sin ellos nos resulte difícil estudiar.

Huir frente a la primera dificultad es permitir que el miedo de no llegar a un buen fin en el proceso de inteligencia del texto nos paralice. De ahí a acusar al autor o a la autora de incomprensible existe sólo un paso.

Otra amenaza al estudio serio, que se transforma en una de las formas más negativas de huir de la superación de las dificultades que enfrentamos y ya no del texto en sí mismo, es la de proclamar la ilusión de que estamos entendiendo, sin poner a prueba nuestra afirmación.

No tengo por qué avergonzarme por el hecho de no estar comprendiendo algo que estoy leyendo. Sin embargo, si el texto que no estoy comprendiendo forma parte de una relación bibliográfica que es vista como fundamental, hasta que yo lo perciba y concuerde o no con que es realmente fundamental debo superar las dificultades y entender el texto.

No es exagerado repetir que el leer, como estudio, no es pasear libremente por las frases, las oraciones y las palabras sin ninguna preocupación por saber hacia dónde ellas nos pueden llevar. 

Otra amenaza para el cumplimiento de la tarea difícil y placentera de estudiar, que resulta de la falta de disciplina de la que ya he hablado, es la tentación que nos acosa, mientras leemos, de dejar la página impresa y volar con la imaginación bien lejos. De pronto, estamos físicamente con el libro frente a nosotros y lo leemos apenas maquinalmente. Nuestro cuerpo está aquí pero nuestro gusto está en una playa tropical y distante. Así es realmente imposible estudiar.

Debemos estar prevenidos para el hecho de que pocas veces un texto se entrega fácilmente a la curiosidad del lector. Por otro lado, no es cualquier curiosidad la que penetra o se adentra en la intimidad del texto para desnudar sus verdades, sus misterios, sus inseguridades, sino la curiosidad epistemológica —la que al tomar distancia del objeto se «aproxima» a él con el ímpetu y el gusto de descubrirlo—. Pero esa curiosidad fundamental no es suficiente. Es preciso que al servirnos de ella, que nos «aproxima» al texto para su examen, también nos demos o nos entreguemos a él. Para esto es igualmente necesario que evitemos otros miedos que el cientificismo nos ha inoculado. Por ejemplo, el miedo de nuestros sentimientos, de nuestras emociones, de nuestros deseos, el miedo de que nos echen a perder nuestra cientificidad. Lo que yo sé, lo sé con todo mi cuerpo: con mi mente crítica, pero también con mis sentimientos, con mis intuiciones, con mis emociones. Lo que no puedo hacer es detenerme satisfecho en el nivel de los sentimientos, de las emociones, de las intuiciones. Debo someter a los objetos de mis intuiciones a un tratamiento serio, riguroso, pero jamás debo despreciarlos.

En última instancia, la lectura de un texto es una transacción entre el sujeto lector y el texto, como mediador del encuentro de ese lector con el autor del texto. Es una composición entre el lector y el autor en la que aquél, esforzándose con lealtad en el sentido de no traicionar el espíritu del autor, «reescribe» el texto. Y resulta imposible hacer esto sin la comprensión crítica del texto, que por su lado exige la superación del miedo a la lectura y que se va dando en el proceso de creación de aquella disciplina intelectual de la que he hablado antes. Insistamos en la disciplina referida. Ella tiene mucho que ver con la lectura, y por lo tanto con la escritura. No es posible leer sin escribir, ni escribir sin leer.

Otro aspecto importante, y que desafía aún más al lector como «recreador» del texto que lee, es que la comprensión del texto no está depositada, estática, inmovilizada en sus páginas a la espera de que el lector la desoculte. Si fuese así definitivamente, no podríamos decir que leer de manera crítica es «reescribir» lo leído. Por eso es que antes he hablado de la lectura como composición entre el lector y el autor, en la que el significado más profundo del texto también es creación del lector. Este punto nos lleva a la necesidad de la lectura también como experiencia dialógica, en la que la discusión del texto realizada por sujetos lectores aclara, ilumina y crea la comprensión grupal de lo leído. En el fondo, la lectura en grupo hace emerger diferentes puntos de vista que, exponiéndose los unos a los otros, enriquecen la producción de la inteligencia del texto.

Entre las mejores prácticas de lectura que he tenido dentro y fuera de Brasil yo citaría las que realicé coordinando grupos de lectura sobre un texto. 

Lo que he observado es que la timidez frente a la lectura o el propio miedo tienden a ser superados, y se liberan los intentos de invención del sentido del texto y no sólo de su descubrimiento. 

Obviamente, antes de la lectura en grupo, y como preparación para ella, cada estudiante realiza su lectura individual. Consulta tal o cual instrumento auxiliar. Establece esta o aquella interpretación de uno u otro de los fragmentos de la lectura. El proceso de creación de la comprensión de lo que se lee va siendo construido en el diálogo entre los diferentes puntos de vista en torno al desafío, que es el núcleo significativo del autor. 

Como autor, yo estaría más que satisfecho si llegara a saber que este texto provoca algún tipo de lectura comprometida, como aquellas en las que vengo insistiendo a lo largo de este libro, entre sus lectores y lectoras. En el fondo, ése debe ser el sueño legítimo de todo autor, ser leído, discutido, criticado, mejorado, reinventado por sus lectores.

Pero volvamos un poco a este aspecto de la lectura crítica según el cual el lector se hace o se va haciendo igualmente productor de la inteligencia del texto. El lector será tanto más productor de la comprensión del texto cuanto más se haga realmente un aprehensor de la comprensión del autor. Él produce la inteligencia del texto en la medida en que ella se vuelve conocimiento que el lector ha creado y no conocimiento que le fue yuxtapuesto por la lectura del libro.

Cuando yo aprehendo la comprensión del objeto en vez de memorizar el perfil del concepto del objeto, yo conozco al objeto, yo produzco el conocimiento del objeto. Cuando el lector alcanza críticamente la inteligencia del objeto del que habla el autor, conoce la inteligencia del texto y se transforma en coautor de esta inteligencia. No habla de ella como quien sólo ha oído hablar de ella. El lector ha trabajado y retrabajado la inteligencia del texto porque ésta no estaba allí inmovilizada esperándolo. En esto radica lo difícil y lo apasionante del acto de leer. 

Desdichadamente, lo que se viene practicando en la mayoría de las escuelas es llevar a los alumnos a ser pasivos con el texto. Los ejercicios de interpretación de la lectura tienden a ser casi su copia oral. El niño percibe tempranamente que su imaginación no juega: es algo casi prohibido, una especie de pecado. Por otro lado, su capacidad cognoscitiva es desafiada de manera distorsionada. El niño nunca es invitado, por un lado, a revivir imaginativamente la historia contada en el libro; y por el otro, a apropiarse poco a poco del significado del contenido del texto. 

Ciertamente, sería a través de la experiencia de recontar la historia, dejando libres su imaginación, sus sentimientos, sus sueños y sus deseos para crear, como el niño acabaría arriesgándose a producir la inteligencia más compleja de los textos.

No se hace nada o casi nada en el sentido de despertar y mantener encendida, viva, curiosa, la reflexión conscientemente crítica que es indispensable para la lectura creadora, vale decir, la lectura capaz de desdoblarse en la reescritura del texto leído. 

Esa curiosidad, que el maestro o la maestra necesitan estimular en el alumno, contribuye decisivamente a la producción del conocimiento del contenido del texto, que a su vez se vuelve fundamental para la creación de su significación. 

Es muy cierto que si el contenido de la lectura tiene que ver con un dato concreto de la realidad social o histórica o de la biología, por ejemplo, la interpretación de la lectura no puede traicionar el dato concreto. Pero esto no significa que el estudiante lector deba memorizar textualmente lo leído y repetir mecánicamente el discurso del autor. Esto sería una «lectura bancaria», en la que el lector «comería» el contenido del texto del autor con la ayuda del «maestro nutricionista».

Insisto en la importancia indiscutible de la educadora en el aprendizaje de la lectura, indicotomizable de la escritura, a la que los educandos deben entregarse. La disciplina de mapear temáticamente el texto, que no debe ser realizada sólo por la educadora sino también por los educandos, descubriendo interacciones entre unos temas y otros en la continuidad del discurso del autor, el llamado de la atención de los lectores hacia las citas hechas en el texto y el papel de las mismas, la necesidad de subrayar el momento estético del lenguaje del autor, de su dominio del lenguaje, del vocabulario, lo que implica superar la innecesaria repetición de una misma palabra tres o cuatro veces en una misma página del texto. 

Un ejercicio de mucha riqueza del que he tenido noticia alguna vez, aunque no se realice en las escuelas, es el de posibilitar que dos o tres escritores, de ficción o no, hablen a los alumnos que los han leído sobre cómo produjeron sus textos, cómo trabajaron la temática o los desarrollos que envuelven sus temas, cómo trabajaron su lenguaje, cómo persiguieron la belleza en el decir, en el describir, en el dejar algo en suspenso para que el lector ejercite su imaginación, cómo jugar con el pasaje de un tiempo al otro en sus historias. En fin, cómo los escritores se leen a sí mismos y cómo leen a otros escritores. 

Es preciso, ya finalizando, que los educandos, al experimentarse cada vez más críticamente en la tarea de leer y de escribir, perciban las tramas sociales en las que se constituyen y se reconstituyen el lenguaje, la comunicación y la producción del conocimiento.
 
Paulo Freire


 

sábado, 13 de febrero de 2021

CONECTIVIDAD Y ACCESO A LA EDUCACIÓN PARA TODES

 
 

Docentes, alumnes y familias de la CABA, frente a la falta de conectividad y dispositivos para poder continuar con los aprendizajes en medio de la pandemia de Coronavirus siguen sin poder resolver el problema a un año de comenzada la difícil situación de aislamiento y distanciamiento social...
 

lunes, 8 de febrero de 2021

LA VUELTA A CLASES NO ES SEGURA


 

Vemos con preocupación la falta de información, la improvisación y liviandad de las declaraciones de funcionarixs, las escasas medidas prácticas en las escuelas, y la confusión reinante en las redes sociales, medios de comunicación y en el seno de la sociedad porteña toda, acerca de las medidas pertinentes para el retorno Seguro a las Clases Presenciales en el medio de la Pandemia de la Covid-19.  Hay contradicciones entre las medidas anunciadas en los protocolos y la concreta factibilidad de las mismas en el retorno a las clases presenciales en CABA...
 

jueves, 18 de julio de 2019

EDUCACIÓN DEMOCRÁTICA VIA GENDARMERÍA



 
El Gobierno de Macri, vía Patricia Bullrich Luro Pueyrredón, crea un “Servicio Cívico Voluntario” en manos de Gendarmería... 
 

viernes, 8 de febrero de 2019

ARRIBA LAS TETAS




Tetas que se mueven sin que nada restrinja el movimiento, pezones perceptivos de la lluvia o el calor, y la piel que se deja ver detrás de una sola tela. Tetas dichosas y nada vergonzosas que hacen oídos sordos a la práctica reguladora del uso del corpiño y gozan con la singularidad propia de cada una en marchas, tetazos y vida cotidiana donde cada vez más la autonomía de los cuerpos propone jugar en la liga de la libertad, sin monitoreos de vigilancia para las que quieran caminar por la calle sueltas de cuerpo, hacer topless en la playa, amamantar a sus hijxs en lugares públicos, o marchar y pintárselas en el abrazo colectivo. Basta con recordar a la rectora de la Escuela Nº 12 de Villa Urquiza que retó a una alumna de 18 años por ir al colegio con un vestido de breteles finitos (“No podés venir sin usar sostén”, le dijo), o el operativo policial que impidió a tres mujeres hacer topless en Necochea, o las dos mujeres policía que no dejaron a una madre de 22 años amamantar a su bebé en una plaza de San Isidro, y cómo de inmediato se desataron protestas, sueltas de corpiños y tetazos feministas. Porque después del 3 de junio de 2015, el latido de mujeres, lesbianas, travestis y trans, comenzó a definirse con el signo de una revolución que vino a cambiarlo todo. Una vez más, se trata de la soberanía de los cuerpos y el derecho al disfrute, a andar libres, a amamantar donde sea y a estudiar cómodas, sin nada que apretuje el contorno, las ideas, o las ganas. El uso o no de corpiños, puede implicar tanto una decisión ideológica y política como espontánea, y apelar a la comodidad según gustos personales, pero lo que ya no tiene vuelta atrás es la certeza de que el vínculo con los cuerpos transita por otro camino, uno menos hipócrita.


Lala Brillos es performer, actriz y activista. Vive en Rosario, y condujo el tetazo del 7 febrero de 2017, en el Monumento a la Bandera en repudio al episodio de la playa de Necochea.

Ese, como todos los tetazos de los últimos tiempos fueron actos políticos de cuidado de los cuerpos, por la libertad de mostrarlos y decidir sin condicionamientos. “Contra los tarifazos, los despidos y por la libertad de las tetas de Milagro Sala, que también nos compete por el solo hecho de ser mujeres”, clamaba Lala en la apertura del festival, “cuidamos nuestros cuerpos más que la propiedad privada”, arengaba a la multitud que se había congregado en las escalinatas y explanada del Monumento. Lala conduce el programa de radio Mañana vemos, y en diálogo con Las12, recoge como primera impresión en torno a este tema la felicidad que reinaba un día del verano pasado cuando llegó con sus amigas al parador teta friendly que está en la isla frente a Rosario.

“La libertad se veía en los rostros”, cuenta. Junto a la artista visual uruguaya Viviana Artigas hicieron fotos para la muestra “Mujeres en cuero”: “Comimos en tetas, nos metimos al agua en tetas, hablamos de nuestras tetas y de la posibilidad de exhibirlas permanentemente como lo hacen los hombres. Era la primera vez que nos pasaba algo así”. La muestra estuvo exhibida en el Espacio Abre, de Rosario el año pasado. Dos semanas atrás volvieron a convocarse e hicieron una intervención de madrugada andando en bici en tetas. El mensaje que las convocaba venía del futuro y decía: “Año 2022, las mujeres pueden salir de trabajar a la madrugada en bicicleta e ir en cuero sin ningún tipo de acoso”.

Lala que vive una vida sin corpiño, cierra diciendo que le pareció algo hermoso y que cree que es posible. “Aunque la mirada y el acoso aun existen, en algún momento tendremos el respeto al otrx naturalizado. Andar en cuero también es un privilegio de los varones. ‘Ah, no usas corpiño’, son cometarios de hombres con los que no tengo ningún tipo de diálogo pero que igual comentan”. Como activista busca esa igualdad “hay que darle pelea a la policía de los cuerpos, a la sexualización de la teta que se vende, que se cosifica. Hay que correrla de ese lugar capitalista y verla desde donde proviene el alimento materno más noble hasta un simple hecho de libertad”.

Zuleika Esnal salió sin corpiño en una charla Ted que se viralizó y los comentarios eran “sobre si tenía o no tenía las tetas en su lugar, como si hubiese un lugar donde tenerlas y eso fuese lo importante”, dice. “Yo estaba hablando de una realidad que nos caga a palos todo el tiempo, que nos están asesinando, que no podemos salir tranquilas a la calle, que tenemos que avisar que estamos vivas, y sin embargo era: ‘Mírenla sin corpiño, después quieren que no las violen’. Ahí es cuando digo cuánto nos falta. Pero cuando miremos para atrás, vamos a ver todo lo que estamos haciendo hoy. Cada una tiene que hacer lo que quiera y sienta, sin pedir permiso nunca por eso.”

¿Cómo se resignifican las tetas en esta marea feminista? ¿Qué representa la decisión de dejar de usar corpiño? ¿Es una toma de decisión o un proceso que se da con más espontaneidad? ¿Qué trae aparejado y qué plus aporta? Lara, Julieta, Lule, Vanina y Abril trazan sus historias en las que dejaron de lado el corpiño, o lo usan a veces, y solo si están cómodas.

Lara (21 años, de Avellaneda): –Sinceramente es la primera vez que me detengo a pensar sobre la decisión. Y resalto eso como algo interesante porque soy consciente de mis lecturas feministas de estos últimos años, o al menos la constancia con la que leo y discuto. Creo que fue una decisión bastante espontánea y poco intelectualizada. Ahora me pregunto: ¿Cuándo decidí usarlo? ¿Quién y a qué edad me compró el primero? No puedo responder. Simplemente sucedió. Como suceden todas las cosas que nos construyeron hasta hoy y que ahora estamos tirando.

Julieta (gestora cultural, 24): –Creo que algo que trae la marea feminista en relación a las tetas es diversidad en su representación. Crecimos con una sola manera hegemónica de entender las tetas, grandes, redondas y blancas, básicamente representadas desde un ojo heteropatriarcal. Hoy veo que esto está cambiando, tanto en redes sociales, marchas, incluso en publicidades. Creo que esta representación trae una liberación de la imagen y desde esa liberación es que dejamos de usar corpiño y levantamos la imagen de las tetas como bandera ya sea por placer, exhibición, o símbolo de potencia de nuestras luchas. La imagen colectiva de las tetas se está comenzando a diversificar y ahí es donde podemos empezar a aceptar nuestras tetas tan distintas a aquella imagen hegemónica con la que crecimos. Con el tiempo dejé de usar corpiño porque sentía que no lo necesitaba, por comodidad... pero esta decisión estuvo acompañada por una aceptación de mi cuerpo. Siempre está el familiar o la persona ajena que cuestiona, juzga y pregunta “pero, ¿por qué?”.

Vanina es actriz y cuenta que cuando daba de mamar quería estar en tetas todo el día porque le dolían los pezones con el sólo roce de la ropa. “Cuando daba la teta era febrero y venían a visitarnos amigos que en ocasiones se ponían en cuero en la terraza de mi casa. Con los pezones agrietados, salía a saludarlos poniéndome una remera y muchas veces un doloroso corpiño por si me salía un poco de leche mientras les hablaba. ‘Si tapo eso, lo más natural que las tetas hacen –pensé una de tantas noches en vela con mi bebé– más vale que voy a creer que está bien taparlas cuando sólo son mis tetas y no el almuerzo de alguien’. Hoy casi no uso corpiño, me molesta y como tengo tetas chiquitas no cumple la función de contenerlas. Pero uso remeras cuando tengo calor. Y me lo cuestiono. Pienso en todo lo que del cuerpo aún debe taparse, retenerse, esconderse, con ropa, con excusas, con dolor, con calor. Pienso en el agotamiento emocional que es tener un cuerpo de mujer y andar por la calle, en el trabajo, en todas partes menos en la intimidad, lugar en el que el cuerpo desnudo es realmente la extensión de unx mismx para unx mismx y para le otre. Me dan ganas de quedarme ahí con mi cuerpo, mis tetas, mi culo, mi panza pero más me dan ganas de asomarme de ese lugar y ver que por la calle todas andamos si tenemos ganas o necesidad en tetas también”.

Lule tiene 30 años, es productora, comunicadora y forma parte de Matria, medio colaborativo para la igualdad de géneros. Cuenta que no usa corpiño aunque usó en sus primeros años de teta porque se sentía “más grande”. “Las que usaban corpiño eran las mujeres y cuando sos niña o preadolescente, ser mujer es una especie de meta”, puntualiza. Cuando entró en la secundaria lo abandonó y nunca más. Excepto cuando juega al fútbol, que usa deportivo “porque post lactancia de dos años siento que me puedo autoinfligir un cross de teta”. Dice que nunca fue una toma de decisión políticamente asumida sino por comodidad. Asume que los corpiños le resultan horrendos y que le encanta cómo se ven las tetas, los pezones y la piel.

MARCHAR EN TETAS ES MARCHAR

Muchas pibas dejan remera y corpiño de lado y ponen sus tetas, como ponen su cuerpo, para una lucha común, que las hermana sin igualarlas. Silvia Elizalde, investigadora del CONICET y autora de Tiempo de chicas. Identidad, cultura y poder (Grupo Editor Universitario, 2015), señala que esa desnudez vuelve indisimulable “el espesor real y experiencial de cada quien que grita por sus derechos, en contraposición a una industria cultural que photoshopea los cuerpos hasta hacerlos encajar en su perversa ilusión canonizante y sin carnadura social y política”. Y trae como metáfora el propio bamboleo de las tetas al andar como continuación en el cuerpo de las mujeres de la marea feminista que todo lo sacude y lo transforma, en claro contrapunto –dice– con la inacción estatal y la vista gorda social, eternizadas en la promesa de cambio y la hipocresía.

Fue en un Encuentro Nacional de Mujeres cuando Lara recuerda haberlas conocido realmente porque caminó muchas cuadras sin remera y se pintó el cuerpo con sus amigas. “Me gusta tenerlas sueltas”, dice. “No siento la necesidad de sostenerlas/contenerlas. Incluso me parece erótico que estén libres. Que se luzca su forma con las remeras. Que estén al alcance si las quiero tocar o quiero que las toquen”. A veces se pregunta si por el resto de sus días va a tener que seguir escuchando ‘mirá que se te caen’, ‘ahora porque tenés veinte, a los cuarenta te vas a querer matar’. Pero el feminismo también le enseñó a identificar cuáles son sus preocupaciones y cuáles las de esta sociedad patriarcal. Así que transita otro verano en remera y disfruta de sus tetas, que son de ella y de nadie más.

Elizalde remarca la necesidad de situar en contexto este “ponerle el pecho a las luchas”: “No es lo mismo marchar en tetas entre cientos de otras que también lo hacen como parte de una voluntad colectiva de autodeterminación y despliegue autónomo del cuerpo que hacerlo sola, volviendo a casa luego de la desconcentración”.

Abril es militante de Hagamos lo imposible, vive en Lomas de Zamora y está por cumplir veinte años. Se acuerda abrazada a sus compañeras de colegio en alguna marcha feminista cuando tenía catorce. Muchas andaban en corpiño, otras en tetas, y ella en remera porque así se sentía cómoda. Pero todas abrazadas. A los quince o dieciséis anduvo sin remera ni corpiño en una movilización. “Todas nos cuidábamos de los ojos de afuera. Yo comentaba con los cachetes rojos a mis amigas sobre lo loco que era caminar por pleno centro ¡en tetas! Las calles son nuestras, decíamos”. Descubrían el propio cuerpo y entendían que es para ellas. “Para nuestro disfrute, para nuestra risa, para nuestro orgullo. Nuestro aquelarre es así”, proclama Abril.

¿Y cómo lo vivís hoy?

Abril: –Lo costoso es plantarse a la mirada ajena. Es real que nos miran, que nos juzgan, que nos etiquetan. ¡Y la cantidad de formas que tienen nuestras tetas! Pezones grandes, pezones chicos, pezones parados, tetas caídas, tetas inmensas, tetas chicas, tetas triangulares o redondas, tetas negras, tetas blancas, tetas coloradas, tetas con lunares y andá a saber cuántas cosas más, pero tetas. Lo vivo así, transito momentos, a veces mejor, a veces no tanto. A veces me siento más libre, más fresca, más tranquila. A veces no, entonces agarro algún corpiño que me haga sentir bien. Creo que el horizonte es encontrarse auténtica, cómoda y segura. La decisión es nuestra.

La investigadora adjunta del Conicet, Karina Felitti, tiene un trabajo sobre el uso y no uso del corpiño como acción política que se titula En tetas ¿hay paraíso? La desnudez femenina como arma política.  “En algunos espacios feministas e incluso en los círculos de mujeres, el no usar corpiño suele proponerse –explícita o implícitamente– como un símbolo de feminista libertaria, que puede ser complicado de llevar a la práctica para las chicas que tienen mucha teta, que han amamantado, que salen a correr o practican deportes. Por eso, para algunas será más cómodo o liberador no usar corpiño y para otras es más cómodo usarlo”.

¿Cuándo surge la práctica de mostrar las tetas en las marchas?


Karina: –Desde hace unas décadas, el desnudo ha devenido estrategia de protesta feminista. Mostrarse totalmente sin ropas o con el torso descubierto está siendo usado por muchas mujeres, de diferentes edades, naciones, etnicidades, clases, géneros y corporalidades, como un modo de llamar la atención sobre sus reclamos sociales, políticos, económicos, laborales, (no) reproductivos y sexuales. Sabemos que la práctica de mostrar el pecho en una apuesta política no es nueva, basta recordar el cuadro La Libertad guiando al pueblo, de Delacroix, en donde el seno descubierto de la Marianne deviene símbolo de la Revolución Francesa y sus ideales. Como plantea Marilyn Yalom, se trata de un pecho que nutre la nueva etapa de la historia republicana. Lo novedoso es la organización colectiva de tetazos, la confluencia de cientos de mujeres que inscriben en su torso consignas y salen a marchar, y la difusión por las redes de estas acciones.

¿Y qué sucede en las redes con estas prácticas?

–Desde otros lugares de enunciación encontramos mujeres que muestran las cicatrices de sus mastectomías en la red y madres que reclaman poder compartir en Facebook o Instagram sus fotos amamantando o que implementan una micropolítica del pecho en libertad dejando de usar corpiños. Como afirma Rita Segato en Las estructuras elementales de la violencia, el cuerpo de las mujeres es un campo de batalla donde se plantean barreras de control territorial, es bastidor donde se cuelgan insignias y es también un último espacio de soberanía cuando todas nuestras posesiones están perdidas.

¿Cómo aparecen las tetas en las representaciones de la moda?

–Si pensamos en el “pecho sexy” podemos imaginarlo desnudo o insinuado, con muchos ejemplos en la historia del arte que nos ayudan a contextualizar los deslizamientos, y con una vinculación fuerte con la industria de la moda. ¿Qué pensarían de los corpiños con relleno las mujeres que tiraron los suyos en los “basureros de la libertad” que colocaron las feministas de los 60? Muchas mujeres han optado por no usar más corpiño como un signo de libertad ante la duda sobre la posibilidad de ser una mujer liberada y a la vez ajustada por las correas de un corsé. En mi trabajo puse en el centro de la escena las voces de las propias mujeres, sin desconocer las presiones del mercado y sus modelos, y advertí el placer que causa en muchas vestir lencería erótica y cómo esto también generó una nueva oferta. Hay varias diseñadoras con marcas en expansión que se inscriben en prácticas de comercio justo y adhieren al feminismo, tienen a la comodidad como principal emblema, sin renunciar al diseño, la belleza y el erotismo porque no todas las mujeres se sienten cómodas sin un sostén o entienden que el corsé es símbolo de opresión.




Desiree Du Val es la directora creativa de WTTJ, ropa antipatriarcal que se define bajo los hashtags #haceloquetegusta #sevaacaer #macrigato #seraley. Dice que las pibas están visibilizando la hipocresía patriarcal, que reconocen sus cuerpos como propios, emprenden la hermosa tarea de liberarlo a gusto de cada una y cada vez son más las que sacan las tetas a la libertad. Cuenta: “Desde que nos comienzan a salir las tetas, nos las condicionan, opinan y critican, o nos meten en la cabeza que las tetas son parte de esa ‘privacidad femenina’ que deberá ser guardada para el hombre que decida probarlas o consumirlas en un medio de comunicación. No tardan en decirte cómo las tenés que tener, y recibimos permanentemente los límites que nos impone el patriarcado. Y así, nuestras valiosas tetas pasan a ser un objeto más del macabro sistema de consumo. Nos encontramos con hombres que no pueden reprimir la paja por sus cerebros podridos de tanto cosificarnos; claro está que el problema son sus cerebros podridos, no nuestras tetas”. Desiree manifiesta la esperanza de poder algún día subirse al colectivo y que sus pezones parados no sean punto de atracción.

Los emprendimientos feministas de lencería erótica o “ropa para el interior de cada una”, como propone Brilla Gringa, respetan la forma natural del cuerpo, sin aros, ni broches. “Libres pero seguras. Mujer, naturaleza, suelta, húmeda y que truena” reza la oración que las representa.

ElleVanTok, es la tienda de lencería erótica que plantea comodidad para sostener junto con la posibilidad de elegir. Maru, su fundadora, se maravilla con cómo cada vez más mujeres, con cuerpos no hegemónicos, no comerciales, no estereotipados o estereotipables, buscan liberarse, potenciarse, seducirse y seducir. Y arriesga: “En esta revolución de las mujeres y transfeministas no pedimos permiso. Elegimos qué, cómo y con quién, con prendas que se adaptan a diferentes cuerpos y requerimientos de cada una, no al revés. No pretendemos disimular, sino proclamar la independencia”.








domingo, 20 de enero de 2019

FEMINICIDIOS 2019





El 1º de enero Celeste Castillo, de 25 años, fue baleada por su esposo, el policía Héctor Montenegro, que se suicido, en Santiago del Estero.

El 4 de enero, en Sáenz Peña, Chaco, Valeria Silvina Juárez, de 32 años, fue asesinada por su padre, Elías Juárez, de 63 años, que se quito la vida.

El 7 de enero Daiana Moyano, de 24 años, fue abusada sexualmente, golpeada, estrangulada y descartada post mortem en un descampado del barrio La Floresta Sur, en Córdoba. El principal sospechoso es Alejandro Coronel y es el padre de sus dos hijas, de dos y seis años que está detenido.

También ese día fue apuñalada 17 veces en la cara y 15 veces en la espalda Joselin Nayla Mamaní, de 10 años, en su casa de Longchamps. Su mamá, Sara Mamani la encontró en la cocina. Está imputado la ex pareja de Sara, Carlos Correa, por femicidio vinculado.

El 8 de enero Gisel Romina Varela, policía, de 33 años, fue baleada, en Mar del Plata. Por el femicidio está detenido Sergio Alejandro Cejas, que tenía una orden de restricción de acercamiento desde agosto del año pasado.

El 9 de enero murió Liliana Loyola, de 64 años. En noviembre del año pasado la habían quemado y por la gravedad de las heridas no logro sobrevivir. El principal sospechoso es su hijo adoptivo Juan Eduardo Echegaray, de 27 años.

El 13 de enero fue encontrado el cuerpo de la adolescente Agustina Imvinkelried de 17 años, que estaba desaparecida, y fue asesinada. Ella había ido a bailar el sábado a la noche a Esperanza, Santa Fe. El domingo a la madrugada estaba esperando que la fueran a buscar. El principal sospechoso es Pablo Trionfini que se suicidó en su casa y expresaba odio hacía el placer de las mujeres y consignas contra el derecho al aborto en las redes sociales.

El 15 de enero Danisa Canale fue asesinada a martillazos en Galvéz, Santa Fe. Su marido, Jorge Trossero, llamo a la policía para decirle que la había matado.

El 16 de enero Romina Ugarte fue baleada en su casa en Cañuelas. El único detenido es su novio policía Nicolás Fernando Agüero, de 19 años.

El cuerpo de Carla Soggiu, de 28 años, fue encontrado ayer flotando en el Riachuelo. Había desaparecido el martes luego de activar dos veces su botón de antipánico en Pompeya. Todavía se investigan las causas de su muerte.

La lista deja sin aliento.

El año nuevo empezó mal y entre el primer día del año y el 18 de enero del 2019 ya se cuentan doce femicidios confirmados, según contabilizan en el Observatorio de las Violencias de Género “Ahora que sí nos ven”. A esa crifa podría sumarse Carla Soggiu, cuyo cuerpo fue encontrado ayer. En lo que va del año hay una víctima de violencia machista cada treinta y seis horas. El fenómeno no es nuevo. En el mismo período del año pasado la misma organización registro quince femicidios (entre ellos de una niña, de un niño como forma de femicidio vinculado y un travesticidio). Sin embargo, si nos remitimos al 2017 en los primeros dieciocho días del año se había producido un femicidio vinculado. Y en el 2016 del 1 al 18 de enero se registraron once femicidios y un travesticidio.

“Son cifras alarmantes y un año que empieza difícil. Por un lado hay un movimiento de transformación social en el cual las mujeres decimos que no toleramos la violencia, que no estamos dispuestas a agachar la cabeza, que llego la hora de que nadie pueda levantarnos la mano. Sin embargo, la violencia persiste. Falta que el Estado se haga cargo de que esta transformación cultural se traduzca en hechos concretos, en políticas con un presupuesto acorde y no $11 pesos por mujer, por año, como sucede actualmente”, objeta la diputada nacional Lucila De Ponti, del Movimiento Evita.

Mientras que, entre enero y el 31 de octubre del 2018, se registraron 225 femicidios y 29 femicidios vinculados de hombres y niños (porque intentaron defenderlas o porque su muerte fue la forma de dañar a una mujer) y 250 hijas e hijos (67 por ciento menores de edad) se quedaron sin madre, según el Observatorios de Femicidios en Argentina “Adriana Marisel Zambrano”, coordinado por La Casa del Encuentro.

¿Cómo se pueden evitar los femicidios? La ex diputada y abogada María Elena Barbagelata reclama: “Hay que implementar la Educación Sexual Integral (ESI) para prevenir la violencia de género. Pero, además, tomar mayores medidas de protección en los procesos que sean rápidas y efectivas y tengan seguimiento de las autoridades. Hoy, todavía, las mujeres víctimas de violencia tienen que llevar en persona las órdenes judiciales de no acercamiento. No hay apoyo, ni medidas de políticas públicas que las apoyen para buscar soluciones mientras ellas, a veces, tienen que reiterar, diecisiete veces, las denuncias”.

La idea de inseguridad que se promueve como botón de pánico social en donde se desconfía del otro y se sube la vara del linchamiento, la represión y el gatillo fácil se quiere trasladar a la violencia de género. Pero la salida no es por esa puerta según la docente Laurana Malacalza Coordinadora del Observatorio de Violencia de Género de la Defensoría del Pueblo de la Provincia de Buenos Aires. Ella remarca: “Hasta el momento el paradigma en el que se han sustentado las políticas públicas por parte del Estado Nacional y reproducida por los Estados provinciales se concentra en la atención judicial y policial de los casos con muchas deficiencias. Es un paradigma seguritario que aborda los casos de manera individual y desarticulada por parte de las distintas agencias del Estado y eso se muestra en la cantidad de femicidios en donde las mujeres denunciaron y le pidieron ayuda al Estado y el Estado no las protegió. Pero, además, se fomenta la sobreburocratización y una enorme cantidad de instancias que las mujeres deben recorrer sin que eso sirva para protegerlas. Además se piensan medidas de un paradigma seguritario como botón antipánico, tobilleras magnéticas para agresores y app para hacer denuncias y este paradigma ha dado muestra de su fracaso ante cada uno de los femicidios”.

Un ejemplo de como la burocracia es cómplice de muerte es el femicidio múltiple ocurrido el 15 de noviembre, en Colón, Entre Ríos. Leonardo Andrés Ayala asesinó a Delia Guerrero, su ex pareja, sus dos hijos (Josefina y Patricio) y un amigo de la mujer (Ramón Lagneaux) y, después, se suicido, con un arma 9 milímetros. El femicida tenía una medida de restricción pedida por la fiscal por el abuso sexual de su hija de dos años, pero el Juez no había aceptado la sugerencia de pedir su captura. Este tipo de casos son catalogados por La Casa del Encuentro como femicidios vinculados porque la finalidad del asesino es matar, castigar o destruir psíquicamente a la mujer sobre la cual ejerce la dominación (y a la cual considera de su propiedad) y, con ese objetivo, asesina a personas que intentan impedir el femicidio o con vínculo familiar o afectivo con la mujer. La justicia no creyó que Ayala era capaz de abusar de su hija de dos años y termino matando a la nena y toda la familia.

“El miedo y la violencia se han convertido en parte del proyecto de gobernabilidad de los gobiernos neoliberales”, destaca Malacalza. Por eso, no se trata de medidas mágicas o represivas lo que se propone sino las relaciones comunitarias y los espacios colectivos que construyan mayor seguridad al estar con otras.

Las jóvenes en el blanco del goce

La muerte de jóvenes no es azarosa, sino un tipo de femicidio etáreo que busca aniquilar a las chicas en situación de goce y que le costó la vida a sesenta jóvenes que apenas habían mordido un cuarto de las experiencias que les debería haber arrojado su vida durante el año pasado. “Es preocupante porque los femicidios de mujeres jóvenes, de entre 15 y 25 años, representaron el 25 por ciento del total de los femicidios ocurridos durante el año pasado”, señala Raquel Vivanco, integrante de Marea Feminista Popular y Disidente y Presidenta del Observatorio “Ahora que sí nos ven”. Un dato central es que el 25 por ciento de las chicas asesinadas, previamente, estuvo desaparecida. “Son cifras alarmantes teniendo en cuenta el alto nivel de organización que venimos gestando desde el feminismo y que las pibas son el motor del cambio cultural que estamos protagonizando”, contextualiza Vivanco.

¿Qué se puede hacer para frenar la violencia hacia las más chicas? “Para las jóvenes el feminismo tiene que ser un refugio. Nos tenemos que cuidar entre nosotras; construir redes, lazos, vínculos entre las pibas y sus mamás, las familias, los amigos. Hasta que el Estado se decida a encabezar una política que cuide a las mujeres las mejores garantías van a ser los vínculos de cuidado”, propone De Ponti.

Por su parte, Vivanco reclama: “Necesitamos mayor presupuesto para erradicar la violencia contra las mujeres; la urgente implementación de la Ley de Educación Sexual Integral y capacitar a fuerzas de seguridad para que intervengan a tiempo y con perspectiva de género. Necesitamos ciudades seguras para que las pibas puedan caminar sin miedo en la calle. Las pibas tienen derecho a disfrutar de su libertad sin miedo a ser acosadas, abusadas o asesinadas”.

Mucho más que números
Luciana Peker



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sábado, 12 de enero de 2019

PATRIARCADO, BIOPOLÍTICA Y ESTRACTIVISMO



Un grupo de varones jóvenes violó a una adolescente de 14 años en un camping de Miramar el 1° de enero.

En apenas dos días otra banda de encapuchados abusó e intentó violar a una adolescente en un descampado de Villa Elisa y una mujer rescató a su hija de 14 años de la casa de unos vecinos en Salta. Tres hombres la habían violado después de darle alcohol con algún tipo de sustancia.

En los medios y las redes caracterizaron las escenas: “Fue en manada”. Sin mediaciones del horror vivido por cada una, con el antecedente de “La Manada” de San Fermín de 2016, cuando 5 varones violaron y filmaron a una turista en el portal de un edificio. Violaciones. Manadas. Cuerpos disponibles y dominación. Espacios de violencia expresiva y simbólica entre machos que parecen asfixiar cualquier otro intento de análisis.

Qué pasaría si dejáramos de pensar desde una perspectiva simbólica y hacemos un análisis materialista, feminista y posthumano, se pregunta la filósofa Paula Fleisner, que cuestiona la concepción de manada y la manera en que rápidamente se la apela como lugar común de la cultura, al suponer que todo se reduce a un instinto atávico.

    → “Y la violación como punto de reflexión, en la medida que encarna una paradoja del sistema capitalista, patriarcal y especista. La figura de la violación es el lugar donde aparecen las contradicciones del modo más flagrante.”



¿Por qué criticar el término manada?

-Me parece que la filosofía puede perfectamente disputar el sentido de esa palabra. Podríamos mencionar a Félix Guattari y la idea de manada como un espacio de encuentro que no está regido por el binarismo de las construcciones societales humanas. Por otra parte, estos casos son excepcionales en relación con las violaciones intrafamiliares cotidianas que fueron legitimadas en el Senado por uno de nuestros senadores (n.de la r.: Rodolfo Urtubey, durante los debates por la legalización del aborto). Como especialista en filosofía de la animalidad me niego a que usemos el término manada en este caso porque los animales no son eso, una manada no funciona así. La jauría no viola.

¿Es problema de interpretación simbólica?

-Suponer que llamar manada a un grupo de varones producto perfecto de una sociedad hija de la Ilustración, por decirlo así, es justificar el patriarcado como si fuera un estado de cosas parecido al aire que respiramos y que por lo tanto no se puede modificar. Entender que lo que ocurre en los ataques grupales es un desenfreno atávico es como hacer una interpretación idealista y humanista en el sentido de asumir la separación entre la naturaleza y la cultura.

La mediatización de la idea de manada resurge a partir de una violación colectiva en España en 2016, en el Día de San Fermín.

-Es curioso, ocurre en esa fiesta donde hay un animal que supuestamente es liberado. Y aparece todo un simbolismo detrás de la animalización de ciertas conductas que no son animales, son culturales, históricas, construidas gracias a un sistema de creencias patriarcal que asume la inferioridad de las mujeres. Pero no es primitivismo, ese tipo de comportamiento es lo más contemporáneo que hay.

    → Doctora en Filosofía por la UBA, investigadora adjunta del Conicet, Paula Fleisner es docente en las materias Problemas especiales de Estética y Filosofía de la Animalidad en el Departamento de Filosofía de la UBA, e integrante del colectivo Ni Una Menos y la Colectiva Materia.
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En su estudio sobre la disponibilidad de los cuerpos femeninos en la mitología indaga sobre las conductas colectivas humanas.

-El mito sirve para pensar ciertas conductas colectivas, explicarlas, darle un sentido al pasado y además proyectar ciertas líneas legítimas de acción. En la mitología hay un proceso en el que las diosas madres son reemplazadas por la figura de la Core, la muchacha joven, raptable y violable, vulnerable y vulnerada. Configura el momento histórico cuando se reemplaza una mitología vinculada con las divinidades femeninas por el panteón y Zeus, algo así como el padre del patriarcado, y la disponibilidad de los cuerpos femeninos en todas sus formas. ¿Por qué habríamos de asumir esa dimensión inamovible y pensar que lo único que hace una violación es construir simbólicamente las masculinidades? La disponibilidad de los cuerpos femeninos es sobre todo material.

Pero la violación es un lenguaje.

Por supuesto, pero también hay que entenderlo en términos materiales. Disponibilidad material de los cuerpos también significa que reproduce cárnicamente hablando las masculinidades. Es decir, llevamos a cabo la tarea de “perpetración de la especie”. No es que sólo la perpetuamos sino que perpetramos el patriarcado materialmente. Si perdemos esa dimensión que llamo material y hacemos sólo un análisis simbólico, lo limitamos a la manifestación de un orden total. El símbolo trata de neutralizar y gobernar esa relación siempre inestable entre el pensamiento humano y el mundo, y decretar que eso que existe es inamovible. Las violaciones en “manada” no son manifestaciones de un todo natural. Son síntomas -en el sentido de reivindicar ese aspecto azarozo-, no símbolos del patriarcado.

“Mirá cómo me ponés” se convierte en la legitimación del lugar común de una actitud instintiva e irracional.

-¡Pero es lo más racional que hay! Es la modernidad y en realidad se trata de un sistema de dominio: eso es el capitalismo. El capitalismo es un humanismo, el humanismo es un especismo y el especismo es machismo. Porque lo que está en la cúspide de la pirámide es el varón heterosexual y blanco. En ese sentido, lo interesante los movimientos feministas es que combaten esa consideración de la mujer como recurso natural.

El extractivismo y los cuerpos de las mujeres como territorios en disputa con el poder patriarcal y colonial.

-Esa es la cuestión central. Hay una disponibilidad material de los cuerpos en general en función del varón, que es el sistema de producción y explotación que se inaugura con el capitalismo. Hablamos de la necesidad de ampliar círculos de inmunidad. Y de la idea de ampliación de los derechos, la lucha de la mujer por convertirse en sujeto. Pero algunos feminismos dejan de pensar ese problema y plantean que si no somos sujetxs entonces será que somos capaces de construir sociedades políticas que no estén sometidas a esa lógica de la jerarquía y la oposición, donde siempre hay uno que tiene que estar disponible para el otro.

VIDAS SIN FORMAS

Fragmento de la Dialéctica de la Ilustración de Theodor Adorno y Max Horkheimer, “Hombre animal” plantea el lugar que ocupan los animales en el capitalismo, entendido como un dominio sobre la naturaleza, y sostiene que la mujer nunca llegó a ser sujeto en un sentido dominante porque siempre fue relegada a su función biológica. “La disponibilidad concreta de los cuerpos femeninos es biopolítica desde el comienzo de los tiempos”, remarca Fleisner.

Una expropiación que se amplifica en los territorios más empobrecidos.

-Exacto. Ahí hay que atravesar un linaje distinto de feminismos que no están necesariamente ligados a las tradiciones de las sufragistas, que tenían otros problemas, y que están vinculados con territorios donde es evidente que a nosotras nos hacen morir y nos dejan morir, como me dijeron hace un tiempo las mujeres de la Villa 21-24 a propósito de Calibán y la bruja, de Silvia Federici, y que básicamente somos un cacho de carne disponible como las vacas o las chanchas. Es buena la intervención que hace Giorgio Agamben respecto de Foucault cuando expresa que la biopolítica existe desde el comienzo de los tiempos y hay un punto oscuro de confluencia entre el poder soberano y el poder biopolítico, que es lo que llama “la vida desnuda” y lo vincula al homo sacer, esa figura perdida del derecho romano, que podríamos decir son los cuerpos femeninos y feminizables que desde siempre pierden sus formas, porque no son formas de vida sino vidas sin formas y que además están siempre disponibles para su eventual asesinato.

¿Una línea de biopolítica de género donde esos cuerpos toman otras significaciones?

-Es posible pensar esa disponibilidad material a partir de la confluencia de algunas ideas de estos pensadores tergiversadas para un uso feminista materialista y en mi caso, posthumanista. Dejando claro que todo este análisis ontológico o político es paralelo a las estrategias jurídicas. Pero si concebimos que la única reivindicación posible para las mujeres o los cuerpos femeninos es el de persona, en el sentido de una necesidad de ampliar nuestros derechos, estamos queriendo hacer un análisis antipatriarcal asumiendo que el patriarcado es lo único que existe. El aprendizaje de los movimientos feministas y la incorporación de todas las reivindicaciones de otras minorías tiene que ver con que estamos entendiendo que no se trata de ampliar un círculo de inmunidad sino de romper con esa idea de organización.

No se trata de un feminismo reformista sino de uno revolucionario.

-O revoltoso. No dejemos de ir a los tribunales pero no le pidamos a la policía que nos proteja. No les pidamos a nuestros padres, que son los que nos violan, que nos protejan de los potenciales violadores, de las jaurías enloquecidas. Porque ahí hay un problema. La Justicia es constitutivamente patriarcal, entonces tenemos que inventar otra forma de Justicia, en la que no sea necesario reivindicar el lugar de la persona. Las lógicas de existencia son muy diversas. No se trata de incluirnos entre las potenciales detentadoras del poder de extraer, sino abolir el extractivismo en todos sus niveles, no sólo en el cuerpo de las mujeres en general.

Más allá de la espectacularización de los abusos sexuales grupales, en esas escenas pactadas parece operar un sistema donde unos perpetran, otros observan o esperan su turno, y todos van conformando una estética de la violencia.

-Se puede hablar de una estetización y también tiene que ver con las relaciones jerárquicas, donde pareciera que es un sistema que funciona autónomo, sin responsables. Es una especie de coreografía que se monta sola y se desarrolla. Pero es la lógica a la que estamos acostumbradxs, no es algo excepcional. El modo en que funcionan estas violaciones responde a lógicas de existencia cotidianas.

¿Cómo se entienden esos cuerpos abusados?

-Como materia inerte, moldeable, susceptible, necesitada de una forma impuesta desde afuera. La mujer ha sido siempre asimilada a esa función biológica entendida como algo del orden de una materialidad disponible. Y la violencia garantiza ese dominio. El extractivismo no se impone sino a través de la violencia.

Y genera los fenómenos de desprecio y crueldad colectiva sobre esos cuerpos.

Es la reproducción del sistema en distintos niveles. El hecho de que los cuerpos femeninos estén disponibles para hacer las peores tareas, para tener hijos, para ser eventualmente acosadas, abusadas, violadas o asesinadas es parte de la misma circulación de los varones heterosexuales, blancos, primermundistas, ricos, donde la violencia es el sostén. Y la violación es un punto ciego de ese sistema, porque hace entrar en colisión dos ideas contrapuestas que tiene el patriarcado sobre el cuerpo femenino. Por un lado está disponible y es una materia inerte, y por otro lado es un cuerpo connotado como sagrado. Molesta en forma sistemática porque o es de libre uso o es separado para su contemplación.

Esto se manifestó con brutalidad durante los debates por la legalización del aborto.

-Todo esto nos remite a los debates en torno del derecho al aborto. Que no puede legalizarse porque justamente es poner un límite a esa disponibilidad infinita. Y genera que nosotras tengamos la dinamis, el concepto de potencia griego, la posibilidad de abstenerse, de no pelear por la obtención del poder, sino porque lo que podemos sea diverso. Que tengamos la capacidad de decidir es realmente un límite a la violencia. Porque podemos elegir no perpetrar más la especie. Gozar y decidir que acá no nace nadie más. Ese es el terror que nos tienen.

Aún nos debemos pensar las maneras de lidiar con la revictimización de las víctimas.

-Nos tiene que interesar que no se trata de alguien determinadx, no importa tanto quién era esa adolescente o esa mujer, sino que somos cualquiera de ellas. Son casos que valen por todas. Por lo tanto la idea “Tocan a una, tocan a todas” funciona a ese nivel. Por eso no necesitamos pactos, porque no somos individuxs en ese sentido. No somos “una” mujer, somos cualquier mujer. Hay ahí algo que permitiría pensar modos políticos muy distintos y además dejar de pensar en la reconstrucción de la vida de la víctima. Y no funcionaría con la lógica de la venganza que aparece entre varones sobre ese cuerpo.

Que se relaciona con el efecto disciplinador de las agresiones sexuales.

-Creo que como el poder disciplinador es un poder biopolítico de poblaciones, no se trata nada más que de un disciplinamiento sino que es la administración desde siempre de la vida biológica de las mujeres. En el caso de las mujeres y los cuerpos feminizados, hay un azar en la elección de la víctima desde el poder biopolítico porque lo que importa es aislar determinado rasgo que es el que sirve para perpetrar el sistema de dominio y no necesita proteger toda tu vida o las de todas las mujeres, precisamente porque lxs individuxs no importan. En ese sentido esto es responsabilidad del Estado entendido como el modo de gobierno soberano, donde hay políticas de administración de las poblaciones que funcionan de tal o cual manera. No es una cuestión moral, ética ni religiosa. Es política-pública en la manera que todos los cuerpos, el cuerpo de cualquier mujer, está siempre ahí, disponible. Y las Core, jóvenes, vulnerables, son las que garantizan el funcionamiento del sistema.

Ciertas condenas sólo buscan apalear los efectos negativos de ese sistema.

-Las mujeres no podemos sobrevivir de esa manera. No alcanza con poner paños fríos a las situaciones de mayor vulnerabilidad. No podemos seguir viviendo bajo una única lógica de existencia, la del dominio y el extractivismo. Sujetadas. No queremos estar sujetadas; no me reivindicaría como individua en ese sentido. Y es de esa manera en la que se puede entender que el feminismo no puede ser un oenegeísmo cómplice del neoliberalismo, porque no son las libertades individuales de lo que estamos hablando. O nos salvamos todxs o no se salva nadie. Y con todxs me refiero al planeta. Hay una potencia tan grande en esa conexión, que por eso se nos están viniendo encima. Porque realmente estamos imaginado modos posibles de cambiarlo todo.

El aire irrespirable
Por Roxana Sandá










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domingo, 6 de enero de 2019

CRÍMENES de GÉNERO y EXCESOS de PODER





La antropóloga feminista Rita Segato es una apasionada de la conversación. Es notable cómo, a partir del diálogo, va construyendo pensamiento. Cuando empezó a trabajar primero con los presos condenados por violación en la penitenciaria de Brasilia, pensó que sería una situación excepcional y pronto abandonaría el tema. Pero desde entonces, hace ya más de dos décadas, viene estudiando y tratando de entender la violencia contra las mujeres y en particular los crímenes sexuales. En una entrevista con Página 12, se explayó sobre las motivaciones que empujan a los hombres que cometen violaciones, sobre la sucesión de episodios similares que se dan últimamente y sobre la mirada que tiene la Justicia frente a esta clase de hechos. “Tratan el sufrimiento de las mujeres como un ‘crimen menor’ y eso es constatable. Necesitamos avisarles, hacerles percibir”, dice en referencia a los operadores judiciales.

En la última semana, las violaciones grupales que se sucedieron en el país la empujaron a volver sobre el tema.

“El de género es un crimen de exceso de poder”

Desde hace años viene hablando de la fatria masculina, del comportamiento imitativo de los hombres en búsqueda de exhibición y de potencia en los crímenes sexuales. "Defiendo en mis textos el crimen de género como un crimen no instrumental sino ‘expresivo’. Expresa la capacidad de dominio y control de la posición masculina. Es, por eso mismo un crimen territorial. Si tiene una utilidad, esa utilidad es ‘expresiva, comunicativa’. Expresa dueñidad, y dirige ese enunciado a los ojos de los pares en la corporación masculina. Es un crimen, en ese sentido, autorreferido”, señala la antropóloga. Segato entiende esas conductas como parte de un mandato corporativo de la masculinidad. Lo dijo una y tantas veces. Pero ahora su pensamiento se volvió visible. También ha dicho que las violaciones en grupo, en manada, que se reiteran, no son respuesta al creciente activismo feminista sino a la “precarización de las masculinidad por la precarización de la vida”. “Entonces, la masculinidad exhibe su trasfondo, en la avidez por mostrar una potencia que ya no puede alcanzar. La capacidad de adueñamiento, indispensable para la titulación masculina, para la adquisición del prestigio masculino, solo se obtiene hoy con violencia”, explica otra vez.

“La violencia aflora cuando los métodos no violentos ya no existen para el adueñamiento, que es la estructura y el lenguaje en un mundo de dueños, como es el mundo de hoy, cuando no se alcanza el control territorial y de los cuerpos mediante otros tipos de potencia, como la económica, la política, la moral o la intelectual... y según algunos psicoanalistas que he escuchado, inclusive la potencia sexual está severamente comprometida hasta en los más jóvenes”, dice a PáginaI12. Su producción académica abarca numerosos libros, el último, Contra-pedagogías de la crueldad (Buenos Aires: Prometeo, 2018).

–¿Por qué ha afirmado que la Justicia tiene dificultades en procesar la violencia machista?

–Como digo siempre, es evidente que a los ojos de la práctica del Derecho el crimen de género es un “crimen menor”, y esa idea es ya un concepto en mi vocabulario, una categoría crítica que es indispensable acercar a los oídos de los operadores del Derecho. Tratan el sufrimiento de las mujeres como un “crimen menor”, y eso es constatable. Necesitamos avisarles, hacerles percibir. Voy a recordar una anécdota personal. Corría el año 1993 cuando me presenté ante el director de la Penitenciaria de Brasilia para convenir con él cómo iría a realizar, junto a un equipo de estudiantes, una larga serie de entrevistas con internos ya sentenciados por violación. Se trataba de un proyecto pedido por el secretario de Seguridad Pública al rector de la Universidad de Brasilia. Durante esa primera visita a la cárcel, el director me ofreció un café mientras conversábamos. En su despacho, un hombre de media edad escribía a máquina. El director lo llama para servir el café. Cuando salíamos, el director bajó la voz y me dijo: “Es un interno. Pero nos ayuda aquí en la Dirección. Es médico. Lo que le pasó le podría haber pasado a cualquiera. Mató a la mujer”. La frase fue un vislumbre de lo que me viene mal asombrando hasta aquí y que, no por coincidencia, nos ocupa ahora. Para que no se piense que se trata de un caso excepcional, esa escena se repitió muchos años después en la Cárcel de Campana, provincia de Buenos Aires. La visité en 2007 con el profesor Rodolfo Brardinelli, de la Universidad de Quilmes, pues nos encontrábamos desarrollando el proyecto “Habla preso. El derecho humano a la palabra en la cárcel”, inspirado en el proyecto homónimo que realicé en Brasilia después de que la investigación con violadores me reveló la total y absoluta falta de promoción de la práctica reflexiva y responsable dentro de la institución penal. Allí, en el comedor al que fuimos convidados a almorzar, se presentó un hombre ya de edad trayendo los platos. Nuevamente, como en la escena anterior, al ausentarse, el director nos explicó en voz baja, por delicadeza hacia el interno: “Es muy mayor y nos ayuda en la cocina. Es que no es peligroso. Está preso solamente porque invitaba a dos nenas de la calle a ver películas pornográficas con él”. No sé sobre el resto de los presentes, pero la repugnancia hacia la mano que me sirvió el almuerzo me impidió comer.

–Muy estremecedoras las dos escenas. ¿Por qué a las respectivas direcciones penitenciarias les parecieron inofensivos estos dos convictos?

–Porque un agresor de género no colocará en riesgo la propiedad ni la vida de los propietarios. Es decir, no se trata de un delincuente peligroso para los bienes y sus dueños. En este sentido, abogados y directores de cárceles ven el crimen de género como un crimen de otro tipo, lo clasifican de otra forma. Por un lado, en su fuero íntimo, no acceden a concebirlo como un crimen “contra las personas” y no construyen la imagen de su perpetrador como una figura amenazadora para la sociedad. En otras palabras, no lo perciben como una figura que amenaza bienes jurídicos de valor universal y de interés general. La figura masculina encarna e iconiza el bien jurídico de valor universal y de interés general. La figura femenina es leída por el sentido común como bien jurídico de valor particular, de interés privado.

–Siguiendo su razonamiento... ¿es posible que por esa razón ni la sociedad en general ni los operadores del Derecho consiguen digerirlo o ubicarlo en donde debe estar clasificado, como un crimen en la plenitud de ese concepto?

–Claro. De allí se desprende que la víctima de este crimen, la víctima sexual, en general una víctima con cuerpo de mujer, aunque no siempre, no se constituya ante el ojo público como una persona plena, no alcance el status de un ciudadano pleno, de un sujeto pleno. Ese efecto, a su vez, se acentúa como consecuencia de la estructura binaria del orden patriarcal moderno, orden monopólico, unitario. El orden patriarcal moderno es binario, y su estructura es diferente a la estructura dual del orden comunal. En la transición a la modernidad, el espacio doméstico comunal, que no era ni íntimo ni privado, se privatiza. De esa forma, el ámbito que, en un imaginario arcaico, es el espacio vital de las mujeres, su espacio de tareas y sociabilidad, experimenta una caída abrupta de prestigio y poder. Se transforma en el otro del ágora de la política y del Derecho, residual y despolitizado. Eso explica la situación despolitizada, privatizada, residual, marginal de la vida de las mujeres en el ojo estatal y, por lo tanto, también en el ojo de los fiscales y los jueces, salvando excepciones.

–Es decir, nuestras vidas, finalmente, frente a la mirada estatal no han importado históricamente, por no pertenecer al orden público...

–Exacto. A partir de la privatización del espacio doméstico como íntimo y expropiado de su politicidad propia, que en el mundo comunal tenía y todavía tiene, todo lo que nos sucede a las mujeres, desde la agresión sexual hasta el feminicidio, pasa a ser capturado por la intimidad y referido a la libido sexual. Es por eso que la queja femenina no es audible a los tímpanos del Estado: porque nosotras las mujeres, a no ser que hagamos un gran esfuerzo de simulación, no pertenecemos al orden público, habitamos otro espacio, especialmente cuando figuramos en el papel de víctima –“no se ha agredido un ciudadano”, “no se ha asesinado un ciudadano”–, el agresor no ofrece peligro al bien jurídico de interés universal. De una forma muy concisa, ésa es la estructura que se encuentra por detrás del “crimen menor”.

–Se supone, de todas formas, que los y las operadores de la Justicia deberían tener una formación y capacitación que les permita entender esos crímenes con otra mirada…

–Lamentablemente no la tienen. Lo que me espanta, por encima de todo, es la flagrante indistinción entre la mentalidad de un juez, una fiscal, y la mentalidad del sentido común. El sentido común de los operadores del derecho no se distingue del sentido común de cualquier hijo de vecino. No hay, como sí hay en otras profesiones, un “sentido común jurídico”, es decir, alimentado por el saber jurídico y, por eso, infelizmente, jueces y fiscales actúan como “operadores de la costumbre” y no del derecho, cuando se trata de crímenes de género. Hablar de violencia de género con un juez –e incluyo aquí a los más prestigiosos que hemos tenido– es lo mismo que hablar sobre el tema con un empleado público, un físico, un panadero. Los operadores del Derecho deben entender que las agresiones sexuales no son un tema de la libido, sino un tema del poder, del control, del mandato de masculinidad que domina la sociedad y las instituciones, que es un mandato de potencia y de crueldad, de insensibilidad, de entrenamiento para la falta de empatía. Un entrenamiento cuya escuela es el cuerpo de la mujer.

–Usted señala que la doctrina del garantismo jurídico no ha comprendido que las garantías en el caso de la violencia de género deben operar en sentido contrario. ¿A qué se refiere?

–La justicia garantista se ha pautado por una idea de equidad: garantizar la justicia para quien se encuentra en el lado negativo de la ciudadanía, por los desempoderados, los perjudicados por la historia. Pero no procede de la misma forma cuando se trata de género. Ahí pasan a pensar en términos de ciudadanía general. De una ciudadanía que, en realidad, no existe. Por detrás de la justicia garantista y del ideal no punitivista, se encuentra, sin ser nombrada, la perspectiva de la discriminación positiva. Si no existiera en su foco alguna noción de vulnerabilidad de quien cae preso, condenado, no tendría por qué levantar la bandera de las garantías, pues sería, en verdad, redundante. Quien cae preso por crímenes contra la propiedad y contra la vida de las personas detentoras de propiedad y dignidad, o, en muchos casos, de propiedad como dignidad, es como ya muchos hemos mostrado, pobre y no blanco: sujetos subalternos y desposeídos. El garantismo en el tema de los crímenes de género debería proceder en sentido contrario, pues la contracorriente, la verdadera discriminación positiva, se encuentra del otro lado del crimen: el poderoso es el perpetrador, que precisamente delinque para reproducir, demostrar y espectaculizarse en la posición de dominio que su masculinidad le confiere a los ojos de los otros hombres y de la sociedad en general. El crimen de género es un crimen de exceso de poder y la vulnerabilidad se encuentra del lado de la víctima, que es quien necesita de la discriminación positiva, que es quien necesita de la acción afirmativa, pues es quien no ha adquirido todavía el estatus de ciudadanía plena. Y las pruebas son una gran cantidad de sentencias que no registran ni garantizan la dignidad de persona plena para las mujeres.




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