Muchas de las fotos de este blog son de Ramiro Sisco con la comunidad Pilagá, en Las Lomitas, provincia de Formosa, Argentina.

martes, 17 de septiembre de 2019

NOMBRAR PARA NO OLVIDAR



Nombrar hasta el hartazgo. Claudia y Clara, Johana y Melina, Micaela y Laura, Soledad y Navila. Nombrar.

En la Casa Rosada un aro de básquet. Piensan la fachada presidencial como la portada de google, que va cambiando el motivo, pero lo eligen con menos sensibilidad que una empresa multinacional.

Un aro de básquet un 16 de septiembre. Aniversario de los secuestros de estudiantes secundarios que recordamos bajo el nombre de la Noche de los lápices, enlazando así el hecho con las obras –libro y película que lo narraron-. Nombrar porque narrar es fundamental, porque se trata de asir con las palabras esas vidas descartadas, su interrupción cruenta. Nombrar para no olvidar y para impedir el olvido. El negacionismo está en el gobierno y ese negacionismo tiene efectos actuales: expande la crueldad, la vuelve explicable, parte oscura pero necesaria de un modo de resolver los antagonismos.



La ministra de seguridad, cada vez que justifica y legitima el gatillo (o la patada) fácil, expande ese aprendizaje, lo deja disponible, se deja atravesar por la enseñanza de la dictadura y vuelve a conjugar el verbo del miedo.

Pero también ese aprendizaje reaparece en la crueldad feminicida, en la violencia que destruye cuerpos y vidas. Es un saber del castigo y de su normalización. Hecho excepcional sin embargo queda a disposición para ser usado. Y se expande.

No es lo mismo, se dirá, el castigo político contra las rebeliones militantes, producido de modo sistemático y planificado como terrorismo estatal, que la multiplicación de asesinatos individuales, azarosa reunión antes que gerencia total, criminalidad privatizada antes que estrategia pública. Claro que no lo es. Pero negar aquello, no considerar que su gravedad es fundacional y que persiste como huella, es privarnos de pensar a fondo la crueldad del presente. O el modo en que los femicidios ejercitan una forma del castigo y se sitúan como conjunción contingente pero con un claro sentido, disciplinador y aterrorizante. Se sitúan en el horizonte de la rebelión feminista. Cosechan vidas mientras decimos de qué modos queremos vivirlas, cuando las luchas resquebrajan las lógicas de poder patriarcal y deja al desnudo la violencia machista. En una semana escuchamos la denuncia colectiva sobre el acoso sexual en un sitio emblemático de la Ciudad de Buenos Aires y un periodista fue condenado por una violación realizada en el marco de una relación ocasional inicialmente consentida. No son hechos menores. Las denunciantes reclaman libertad sexual, derecho a decir sobre el propio deseo, trabajos en condiciones dignas. No aceptan ni el silencio ni el quedarse en casa. La rebelión es también la denuncia. Y la afirmación de libertades.

Los modos acumulados socialmente de denunciar el terrorismo de Estado, capaces de reivindicar las militancias sin agitar el miedo, atentos para enlazar el reclamo de memoria, verdad y justicia con el compromiso por una sociedad justa, retornan y se recrean en los modos en que denunciamos la violencia contra mujeres, lesbianas, transexuales. Porque también aquí, cuando nombramos a Navila, a Cecilia o a Laura, asesinadas en este fin de semana, sabemos que en ellas se condenan la autonomía, la asunción deseante de las vidas, la capacidad de experimentación, la fuerza de decir no. No las nombramos para expandir el temor, sino para desgajar sus nombres del compromiso en el que los asesinos quisieron fijarlos, adheridos a la sanción contra esa vasta rebelión que acontece, a veces visible y otras, silenciosa. Quiero nombrarlas hoy, pensar esas breves vidas, mientras un aro de básquet cuelga en la fachada de la Casa de gobierno, porque la banalidad negacionista es un modo de la complicidad.

Nombrar a las pibas










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sábado, 14 de septiembre de 2019

NO ES NO, EN LA CAMA TAMBIÉN




Las relaciones cara a cara entre un hombre y una mujer permiten pensar en una relación sexual consentida.

Ambos se miran. Consienten en copular, acuerdan en aquello que están haciendo, disfrutan juntos si han conseguido lograrlo.

Cuando Marlon Brando en El último Tango en París viola analmente a su compañera , la cámara muestra una mujer boca abajo, aplastada contra el suelo, soportando el peso de un varón que sobre su espalda se mueve, de manera inequívoca, después de haber lubricado con manteca el ano de la mujer. La escena reproduce literalmente la humillación que siente la víctima que en la historia de la película mantiene relaciones sexuales consentidas con el actor.

¿Entonces? Si las relaciones son consentidas, ¿por qué una víctima?

El cuerpo de la mujer vibra eróticamente cuando es estimulado ya que dispone de una fisiología preparada para disfrutar del placer sexual, placer sexual sostenido e impulsado por sus fantasías y por su caudal psicológico.

Si ella así lo dispone puede erotizar todo su cuerpo, solo si desea hacerlo. Al decir todo su cuerpo, se implica la zona anal, sensible al placer.

Entonces asistimos a la actual situación: cuando una mujer dice NO es NO. Cuando la prepotencia masculina decide vulnerar la decisión y el deseo de la mujer para imponer aquello que para él es imprescindible, un coito anal como derivado de una relación consentida se configura un delito. La ley entendió que el varón no puede decidir sobre el cuerpo de la mujer y consideró delito la pretensión de coito anal, un coito que los varones sistemáticamente imponen a las mujeres como expresión de su dominio frente al cual están seguros de que la mujer no puede negarse.

El caso que los medios de comunicación citan como el "caso Carrasco" ha desatado un sobresalto en el colectivo masculino al sancionar con 9 años de prisión a quien intente violentar mediante un coito anal a quien ha consentido tener una relación sexual, pero se negó a aceptar esa índole de práctica.

Es una relación destinada a humillar a la mujer cuando ésta se niega a acompañar en la búsqueda de placer. El coito anal es un ejercicio doloroso, exceptuando aquellas situaciones en las que la experiencia salva el primer desgarro en el cuerpo de la mujer. El esfínter anal permanece cerrado y es preciso elastizarlo mediante maniobras que reclaman lubricación y paciencia. El varón no necesariamente está dispuesto a crear la ceremonia de iniciación para una práctica de esta índole en caso de que su compañera acepte ensayar. Para algunos varones, la clave del coito anal reside en la violencia y la humillación, pretendiendo que ella tolere su necesidad de violentarla con una maniobra que oculta su rostro y su mirada.

Las prácticas culturales han logado que esta íindole de coitos se instale en algunos matrimonios como parte del débito conyugal: escuchamos las confidencias de las esposas que describen como martirio la imposición de estos coitos como parte inevitable del matrimonio porque de ese modo argumenta el marido. Pues desde ahora sabrán que no solo no es obligatorio --nunca lo fue--, tambien podría considerarse delito si se impone como práctica insalvable.

Entre las progresivas conquistas de las mujeres faltaba hablar de esta forma de violencia por parte de algunos varones jugada en la oscuridad de las alcobas y silenciada por las vergüenzas que la exposición de las intimidades provoca. No es menor la potencia del prejuicio cuando las relaciones no se sostienen cara a cara y entonces la que podría ser una práctica sexual aprendida por algunas mujeres se convierte una violación para quienes rotudamente dicen que NO.

Según la leyenda, ese coito anal del Ultimo Tango en París no estaba en el guion. Lo habrían improvisado Marlon Brando y Bertolucci.


Un coito sancionado







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