Muchas de las fotos de este blog son de Ramiro Sisco con la comunidad Pilagá, en Las Lomitas, provincia de Formosa, Argentina.
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domingo, 25 de agosto de 2013

ELOGIO DE LA LECTURA








La lectura debe ser uno de los actos más dignos y libertarios de la experiencia humana. Es acaso la única posibilidad en la que el ser humano, sin mover un dedo siquiera, adquiere la maravillosa facultad de volar de una región a otra, de entrar a una botella como un genio libanés o de hablar con el burro bíblico de Ballan. Es confiar en la dilatación fantástica de la realidad. Pero también la lectura nos permite explorar las complejidades reales de La vida de las hormigas de Maeterlinck o nuestro pasado histórico en la pluma insigne de Guamán Poma de Ayala o, para estar más a tono con los tiempos, descubrir el mundo futuro en la ciencia ficción de Ray Bradbury.

Porque la lectura es y debe ser un camino al conocimiento y a la imaginación. En la escuela se nos dice y repite que leamos por nuestro bien; que el contacto de nuestros ojos con los trazos misteriosos en el papel -el lienzo, la pantalla o el escenario, según sea el caso- nos provee de información, amplía nuestro vocabulario y nos dota de una cultura necesaria para el medio social. Esos consejos, sin duda, son buenos y serían cabalmente acertados si nuestros profesores agregaran a sus exhortaciones: la lectura ofrece, por sobre todo, una forma intensa de disfrute.

El viejo maestro que fue Borges recomendaba que "la lectura debe ser considerada no como una carga, sino como una fuente de felicidad". Sabiduría que no debiera olvidarse en las escuelas. No bastan las admoniciones, sobre todo si se cree que la lectura sólo debe enseñar y por lo tanto debe leerse pese a todo. Importa poco si el profesor conoce el texto o no, si el estudiante ha sido suficientemente motivado o no. Como existirá siempre el "instrumento pedagógico" del castigo -casi escuchamos la ordenanza de leer para mañana Platero y yo, bajo pena de un cero bien redondo-, la práctica mecánica de la lectura puede estar garantizada. Pero su enorme provecho será desperdiciado.

En una nota periodística poco conocida, García Márquez refiere algunas situaciones de "cómo los profesores de literatura pervierten a sus alumnos". Cuenta cómo a su hijo Gonzalo los profesores lo confundían y martirizaban, sometiéndolo a arbitrarios cuestionarios de lectura sobre una novela que, para colmo, era El coronel no tiene quien le escriba. García Márquez reseña los disfuerzos en los que han caído, cuando se lee en la escuela, las evaluaciones de lectura. Aunque, claro está, casi no se lee en las escuelas.

No sólo importa la lectura, sino que debe recobrarse su ejercicio como una actividad de placer y libertad. En el texto mencionado de García Márquez, él sugiere que un curso de literatura debiera limitarse a ofrecer una buena guía de lectura. ¿Pero quién puede garantizar que sea una buena guía de lectura? Sin duda, el profesor. Para lo cual los profesores -y no sólo de literatura- deberían emprender una cruzada en favor de una lectura multidisciplinaria que enriquezca al estudiante y que respete sus intereses.

En un cuento titulado "Como y por qué odié los libros para niños", Bryce nos explica divertidamente -aunque incomoda, porque lo sentimos cercano- lo aburrido que son la mayoría de libros infantiles (y juveniles) que circulan y que la exigencia, bajo presión y castigo, de consumir esas lectura terminan por lograr el efecto contrario en los pequeños y jóvenes lectores: rechazar la lectura. De ahí la vigilancia que deben tener los profesores, pues un "Libro de lectura" no asegura que complazca intelectualmente ni emocionalmente a un estudiante. Puede asegurarse, sin embargo, que en las últimas décadas la literatura infantil ha experimentado una evolución extraordinaria y es tarea del profesor estar al tanto.

Dedicar a la lectura un tiempo diario, como una gimnasia que modela nuestros músculos, es indispensable en la formación de futuros ciudadanos para un país mejor. Durante ese tiempo -treinta minutos puede ser el periodo sugerido-, los estudiantes tendrán la oportunidad de sumergirse en mundos posibles elegidos voluntariamente, y también de indagar en la realidad para conocer mejor del medio y de sí mismo. Elegir el libro es ya el comienzo de una postura crítica que el buen lector, en el curso de su aventura, no abandonará.

El escritor pedagogo Daniel Pennac nos ilumina y nos alienta en su libro Como una novela -nunca sabremos, por su heterodoxia, a qué género pertenece-, al presentarnos un escenario escolar poblado de una galería de estudiantes radicalmente enemigos de toda forma de civilización. Estamos en la barbarie de los países altamente industrializados. En ese ambiente, el lector guiado por una prosa notable -voz múltiple, referentes actuales, variadas técnicas- es testigo línea a línea, como la terca gota que horada la piedra, de la sana erosión que va ganando en la dura coraza de sus alumnos, por obra y gracia de unas palabras impresas salidas del mágico alfabeto.


Jorge Eslava, Lima, 2004










domingo, 23 de septiembre de 2012

UNITARIOS Y FEDERALES






La marcha de protesta del jueves 13 sigue dando que hablar. Y está bien, no hay dudas de que fue una manifestación significativa y a esas demostraciones siempre es necio ningunearlas. El Gobierno bien hará en tomar nota de algunos reclamos.

Por eso no importa si la manifestación fue mayor o menor de lo que muchos esperaban. Fue nutrida y se comprende, porque en realidad no tuvo nada de espontánea. Se preparó muy bien: desde dos semanas antes era notable el papel movilizador de las redes sociales, y además el macrismo –aunque lo niegue– fogoneó entre bambalinas. Lo cual es lógico: gobiernan la ciudad, el año pasado obtuvieron el 60 por ciento de los votos y el intendente Macri tiene ambiciones presidenciales. Habría sido estúpido no operar en las sombras, como ahora lo es negarlo.

Del mismo modo, habría sido más sincero admitir que estuvieron detrás de la marcha. De hecho, TN se pasó toda esa noche aupando a personajes patéticos, como un irrecuperable señor Fernández, el pobrecito señor Bárbaro y el astuto millonario colombiano que es un todo terreno para definiciones apocalípticas, hasta que “recibieron” una llamada dizque espontánea del señor Macri.

Eso explica que la inmensa mayoría de los manifestantes fueron contra el gobierno nacional, pero no dijeron una sola palabra de la censura a los maestros porteños, la desatención hospitalaria o el negociado del Hospital Borda, y nada de los subtes abandonados, ni la mugre y la contaminación de todo tipo que impregna a Buenos Aires. Con todo lo cual estoy diciendo que fue un fenómeno, una vez más, porteño.

Cierto que se reprodujo con asistencias variadas en algunas (pocas) ciudades del interior, pero fue un asunto porteño. Un movimiento político, como tantos otros que se produjeron y producen, de la capital del país. Donde vive entre el 10 y el 15 por ciento de la población, buena parte de ella aturdida por el sonido y la furia de la exasperación, el resentimiento y la ansiedad.

En el Chaco, por ejemplo, ese jueves a la hora de la marcha no pasó nada. Y en la mayoría de las provincias, tampoco. Y me parece válido el señalamiento porque ya es tiempo de que alguien les diga a las dirigencias porteñas que muchos argentinos, millones, estamos hartos de esa soberbia capitalina que se apropió de nuestro gentilicio y cree representarnos.

Cierto que no se puede tapar el cielo con un dedo, pero tampoco cabe darle dimensiones nacionales a todo lo que sucede en un distrito históricamente remiso a las continuidades democráticas. ¿O hay que recordarle al país que todos los golpes de Estado se gestaron y produjeron en Buenos Aires? Todos los fragotes, todas las protestas populares, todas las inestabilidades destituyentes y todos los festejos ligeros fueron y son allí. Como si llenar u ocupar la Plaza de Mayo fuese una gesta representativa de la voluntad de la nación argentina. No lo es.

Por eso no hubo cacerolazos importantes más que en media docena de puntos del país, precisamente allí donde se hace eco el discurso neoliberal de muchos nostálgicos de Videla y de Cavallo, de Menem y del uno a uno que nos fundió la economía. Pregunten en Córdoba o Mendoza, por caso.

Es innegable que hay un sector de nuestra sociedad que está muy enojado. No hay que descalificar ese enojo, ni subestimarlo. Pero tampoco hay que atribuirle una importancia que no tiene. En ese contexto hay que subrayar que Buenos Aires no nos representa y es hora de que lo digamos. El otro día, un flaco, en el bar al que suelo ir, hizo este comentario, obviamente en broma: “¿Viste Cataluña? Quieren independizarse. ¿Qué tal si ayudamos a los porteños a que hagan como Cataluña?”. Enseguida saltaron dos de otra mesa, que entre maníes y quesitos hicieron su aporte: “Aguante la independencia porteña”, dijo uno al que llaman Toto. “Macri presidente, pero de Boca Unidos”, se carcajeó un tercero, para provocar a los correntinos del otro lado del río. Hubieran visto las caras de la concurrencia, los comentarios.

Curiosamente, fueron dos porteños notables que suelen enfrentarse en el debate intelectual los que, en mi opinión, mejor leyeron la manifestación. Horacio González, agudo y sereno como siempre, reconoció la realidad y señaló con justeza las posibles luces amarillas que el kirchnerismo debería visualizar. Y Beatriz Sarlo, con lucidez y atenuada ironía, recordó que “la clase media no debe convertirse en una clase maldita”, pero señalando a la vez lo que definió como “el drama” con estas palabras: “Detestar al kirchnerismo no produce política. Y hoy, en cualquier lugar del mundo, afirmar la primacía absoluta de los derechos individuales (yo hago lo que quiero con lo mío) es una versión patética y arcaica de lo que se cree liberalismo”.

En una democracia, la oposición y todos los disconformes con el gobierno de turno tienen todo el derecho de organizarse, como también tienen el deber de hacerlo. La libertad en la Argentina es absoluta y para ellos sólo debiera tratarse, entonces, de que se preparen para ganar las próximas elecciones y después las de 2015. Si es que pueden. Y si no, acompañar, les guste o no.








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